por qué no me callo

Elfidio, la libertad y Los Sabandeños

Cuando se estrenó la Cantata del Mencey Loco en el Guimerá, se levantó el gobernador civil y le hizo un desplante a Los Sabandeños. La espantada de Modesto Fraile Poujade, en vida de Franco, se debía al contenido guanchista del disco y su indudable intencionalidad política. Vivíamos en una dictadura.

Los 60 años que está a punto de cumplir el grupo de Sabanda no han sido un camino de rosas, bajo censuras y prohibiciones. La propia cantata fue vetada en radio y televisión al año siguiente. Una brisa avizora alerta hoy de un brusco cambio de tiempo. El tiempo político ha dado un salto al pasado. De tal modo que la puesta en escena este fin de semana en el Auditorio de Santa Cruz de ‘Elfidio. Un espectáculo de Los Sabandeños’ es un viaje en la máquina del tiempo, de más de medio siglo, hacia las luces y sombras de Canarias, Europa y América, envueltas en papel de celofán.

Abres el paquete y afloran los días jubilosos de la Transición, pero también los traumas del franquismo que hacían de un recital sabandeño una proeza, como si pendiera de un hilo que la autoridad competente suspendiera el concierto. Pero aquel día, el gobernador trabucaire (que, al poco, lucía demócrata en la UCD de Suárez) se mandó a mudar porque el guanche -su memoria y embestidas con el conquistador- era materia reservada. El poema ‘actualizado’ de Ramón Gil-Roldán, que rescataron Los Sabandeños, sobre el ‘vacaguaré’ de Beneharo (el ‘mencey loco’ herido de muerte que cayó en una trampa), tiene un desenlace coral que lo hacía un mensaje peligroso de libertad: “No puede morir jamás quien de esclavo se libera”. Poujade dejó el asiento vacío. Era el mes de febrero de 1975. El teatro se venía abajo, como si la dictadura hubiera caído, pero aún faltaban nueve meses para la muerte de Franco.

Al guanche lo llevaban Los Sabandeños en el bolsillo, siempre probaban suerte con él. En otro momento de la historia, lo pusieron sobre la mesa con el ‘Himno a la Lucha Canaria’. Y en Izaña se lo cantaron a Felipe VI, que sonrió con el estribillo: “Canario, lucha, como lucharon los guanches”. La suerte del aborigen ha cambiado para bien. Cuando surgió la piedra zanata, se volvió a politizar, pero hoy todas las rencillas se reducen al contencioso con el Museo Arqueológico de Madrid por el domicilio de la momia de Erques.

Insisto en la figura del antepasado porque era la divisa del grupo: liberar al guanche, indultarlo, tras decenios de silencio como un tema tabú. Después, habría que añadir la copiosa discografía que abarca todo un universo de canciones canarias e hispanoamericanas. Elfidio Alonso (en connivencia con Julio Fajardo, Enrique Martín y el resto de la compañía) levantó esta ‘catedral’ que, en 1986, yo vi con Zenaido Hernández tocar el cielo de Cosquín (Córdoba, Argentina), la meca de la música popular.

Antes de que esta ‘zamba Milei’ cambiara el paso de las relaciones bilaterales, nos llevábamos entrañablemente bien con los argentinos, pero no con sus dictadores. Si el papa está en camino, deben contarle que Los Sabandeños cantaron aquel hermoso poema de su paisano el poeta Hamlet Lima Quintana, ‘Te cuento cómo vivo en Tenerife’ (con recitado de Valdano) y que era costumbre que el huésped se enfundara la manta esperancera. Hubo un tiempo en que Elfidio soñaba con que el grupo actuara en la ONU como había hecho en el Parlamento Europeo. ¿Y por qué no incluir el Vaticano?

Vuelven los dictadores y los exilios, el auge reaccionario de las xenofobias, y los poetas y cantores desempolvan la palabra libertad, como hacían Los Sabandeños, Labordeta y Pedro García Cabrera, aunque hoy su significado es ambivalente, porque, según sea el trovador, también es una consigna ultra.

Cuando nacen Los Sabandeños, en 1965, Franco resiste rodeado de una Europa democrática y libre, que el próximo mes vota sin garantías de seguir siendo ambas cosas. Éramos una errata en el continente. Y todo se anduvo. Cayó Portugal y vino José Afonso, el cantante de ‘Grândola, Vila Morena’ de la ‘revolución de los claveles’, y Elfidio lo recibió en la isla. Y aunque era reciente el Chile de Pinochet, por suerte España no tardó en salir del agujero y brindar por Europa. ¡Qué tragedia esta vuelta atrás! Hay que escuchar de nuevo todos los discos de Los Sabandeños, aunque la nostalgia nos duela y nos traicionen las lágrimas del ‘déjà vu’.

Yo tengo vivo el recuerdo de la edad de oro del grupo con la discográfica Manzana, de Alberto Segura, y los viajes a América, ida y vuelta, como los pájaros de Macondo en ‘Cien años de soledad’. Los piropos del Nobel guatemalteco Miguel Ángel Asturias en una servilleta, “sus canciones valen muchísimo más que muchas obras literarias”. Y el madrinazgo de María Rosa Alonso. Eran ‘fruto’ de una finca en la Punta del Hidalgo, Sabanda, de don José Peraza de Ayala. Pero este lagunero, de la quinta de la Parranda de don Luis, hubiera cambiado esta historia de haberse exiliado en Venezuela por un Consejo de Guerra.

Ahora, las libertades conquistadas vuelven a necesitar las voces más sinceras. Como en una oración desesperada. Y los discos de antes parecen vestigios de la última civilización que no nos mentía.

Decir en esta hora -en esta-, ¡vivan Los Sabandeños!, ¡viva Elfidio!, tiene un significado que no se nos escapa.

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