tribuna

Paul Auster

Ha muerto Paul Auster a los 77 años, un autor que seguía la tradición de Faulkner pero sin escribir del Mississippi. Lo hacía sobre la cotidianidad americana de la llamada capital del mundo, de lo que sucede en cualquier esquina de la ciudad; no siguiendo la crónica más refinada de Truman Capote, sino rozando lo marginal y undeground para retratar a la normalidad. He disfrutado mucho con su Trilogía de Nueva York, en la que convierte la ciudad en un escenario más de un país con campos de trigo y rascacielos, con amplias avenidas y carreteras que se cruzan en un paisaje que parece interminable. Ese campo que tan magistralmente llevó al cine Alfred Hitchcock y que, luego, ha sido copiado para definir una estética de lo profundamente aburrido, lo que no cambia con el paso del tiempo: la imagen inamovible de lo sólido. En una encrucijada de la gran metrópolis puede haber una tienda de tabaco, como en Smoke, donde la vulgaridad se hace variable a través de una cámara fotográfica. Me pareció extraordinario y muy definitorio este guion, de 1995, que fue llevado al cine por Wayne Wang, un maestro del cine alternativo, salido del Chinatown, con Harvey Keitel haciendo de ese personaje plano exiliado del glamur de Hollywood, como Borgnine y otros actores que han encarnado el mundo del antiestrellato. En una entrevista reciente, Auster había dicho que los genios precoces no existen en la literatura. Quiere esto decir que la vida del escritor se desarrolla en un aprendizaje permanente, a pesar de que algunos pretendan convertirla en un escalafón, como en el ejército. Se puede ser un adelantado en la lectura y hasta en la escritura, pero un autor es un almacén de conocimientos que no se trae de equipaje desde el primer día. Ni siquiera es una capacidad de descripción, porque solo se puede describir completamente aquello que se conoce en plenitud. Siempre se requerirá de un observatorio privilegiado para contemplar lo que nos rodea y, a medida que el tiempo transcurre, se precisará de mayor altura, como la columna del estilita, que llegó hasta los dieciséis metros y, ni con eso, pudo aislar al místico para alcanzar la pureza de sus meditaciones. Justamente por ese motivo, hay que lamentar que se muera un escritor porque, independientemente de su edad, le quedaron muchas cosas por decir y por aprender. Hay que desconfiar del que asegura que ya llegó a la meta, debido a que esta estará un poco más allá, inalcanzable, como la distancia que media entre Aquiles y la tortuga. El mundo de las glorias no empieza nunca, o no termina nunca. Es un camino largo, que vivirá incluso después de la muerte, mientras exista un lector vivo que sea capaz de recrearlo. Por eso, la persecución del éxito es un afán estéril que solo conduce al brillo temporal en los salones de la frivolidad. Por todas estas cosas, lamento la muerte de Paul Auster. Prometo volver a leerlo para colaborar a mantenerlo vivo. Ahora bajaré a la biblioteca y sacaré la Trilogía de Nueva York. Esta tarde, me enchufaré a filmin y veré si tienen Smoke o la buscaré en una de esas plataformas piratas. Es lo menos que puedo hacer.