El Ayuntamiento de Marbella impondrá fuertes multas a quien haga pis en el mar. No es por nada, pero a mí me parece imposible su detección, porque no va a destinar el municipio a hombres-rana para calar el amarillo de la micción en el inmenso Mediterráneo. O sea, que se trata de una norma de difícil cumplimiento. Yo, una vez, me estaba bañando plácidamente en una piscina de un hotel del sur de Tenerife cuando se me acercó un paliza con el típico monólogo, a destrozarme los tímpanos, la mañana luminosa y las vacaciones. Agotado por el rollo, le dije; “No te importa apartarte un poco, que estoy echando una meada”. El pejiguera no sólo huyó de mi lado sino que salió de allí, escopetado, y no se lanzó a la piscina en todo el fin de semana, con lo que fui yo quien le jodió el asueto a él. Era mentira, yo no iba a mear en la pileta, pero encontré el medio de quitármelo de encima. Y, además, el pelma sintió cierto repelús hacia mí, por lo que tampoco se acercaba a mi hamaca cuando estaba tomando el sol, no fuera a ser que le dirigiera un chingazo de secano en los morros. Es un truco que no falla. Cuando ustedes deseen estar solos en una playa, chapoteando en el agua, o en una piscina, relajados, haciéndote el muerto o de pie, como me gusta a mí, y se acerca un plomo, el truco de la meada viene del diez. Se van los tíos cagando leches y, lo que es mejor, no regresan; ni siquiera se vuelven a acercar, llenos de asco. Pero es imposible que el Ayuntamiento de Marbella trinque meando a los que contaminan el Mediterráneo, porque entre tanto azul un poquito de amarillo se decolora, se difumina y se esparce sigilosamente.
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