El atentado a Donald Trump ha pasado sin pena ni gloria. Ahora la noticia es que Biden tiene el Covid y ha rebajado la intervención divina a la de un médico, como condición para retirarse de la candidatura. Dios y un médico no son la misma cosa; y un médico, en función de quien sea, tampoco es mucho de fiar. Si le preguntaran al doctor Simón diría que solo tiene una o dos neuronas mal. Ya no sé en qué mundo vivo, ni si lo de los bulos es contagioso. Nos han contado tantos y desde tantos sitios que se han convertido en una plaga de mosquitos y ya no sabe uno qué repelente ponerse. Las redes son sospechosas de mentir, pero los mentirosos son identificables: son siempre los mismos de una parte y de la otra. Yo no creo que la prensa mienta porque estaría a merced de los tribunales y además basa su audiencia y sus lectores en la credibilidad. Sin embargo, existe la sospecha de que tiene una tendencia formativa en el sentido ideológico. De aquí que haya personas que solo consuman determinados medios y desechen otros, como si fueran la Imitación de Cristo o el libro de Satanás que tienen en la mesilla de noche, junto al vaso de agua medio lleno de la Tieta de Serrat. Esto entra dentro del libre ejercicio de determinarse por una preferencia o por otra. Eliminar a la prensa, o uniformarla, que viene a ser lo mismo o peor, significa un intento de imposición del pensamiento único, a todas luces incompatible con la democracia. Yo adivino el parpadeo de las luces que a lo lejos van marcando mi retorno, por eso sé cuando lo que escribo es rechazable o no lo es, porque las reacciones de algunos expresan bien a las claras cómo les gustaría que fueran las cosas. Un mundo orweliano, ciego, sordo y mudo en el que las opiniones estuvieran domesticadas siempre en el mismo sentido no nos llevaría más que a la dictadura. Esto lo noto en el quehacer diario, imagino cómo sería si estuviera reglamentado y articulado. En nombre de la pureza nos podemos convertir todos en impuros. El problema es que para conseguir este objetivo regenerador no basta con un llamado a la responsabilidad, al recordatorio de la obligación deontológica, a la necesidad de un comportamiento moral que a todos nos iguala, y menos aún si viene adobado con un premio económico de 100 millones de euros que no están para tirar ni para desechar. Esto es precisamente lo que delata la anormalidad de la situación, tener que recurrir a la compra de voluntades por medio del dinero. En una sociedad sana, el requerimiento para apartarse de un vicio adquirido no pasa por compensaciones económicas. Al mal no se le persigue premiando al bien, como si estuviéramos en la primaria siguiendo el método antiguo de los colegios religiosos, repartiendo medallas y diplomas. Este es el fallo de la promesa anunciada en la que el buen comportamiento será remunerado. Entonces dejará de ser bueno y se trasformará en interesado. ¿Y quién dice lo que está bien y lo que está mal? ¿Quién se convertirá en el juez de la verdad o de la insidia? ¿Quién obligará a un periódico a cambiar su línea editorial renunciando a su libertad de expresión? El día en que esto ocurra estaremos empezando a matar a la democracia.
