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Una sana envidia

Unos amables -y curiosos- lectores me manifiestan su sorpresa -y me piden una explicación- por lo que ha sucedido en el Reino Unido al día siguiente de sus elecciones generales. Cuando, después de una noche de recuentos de papeletas, y todavía por algunos flecos que cerrar, el Primer Ministro le ha comunicado a Carlos III su dimisión y el Rey le ha pedido al líder laborista, que ya había ganado unos dos tercios de los escaños del Parlamento, que forme Gobierno. Y mientras el Premier saliente abandonaba el 10 de Downing Street, el nuevo se apresuraba a ocupar su lugar. Los lectores sorprendidos me trasladan su temor de no haber entendido bien lo que nos han informado los medios de comunicación, pero me apresuro a tranquilizarles, lo han entendido perfectamente y eso es lo que ha sucedido. Es decir, se ha puesto de manifiesto la diferencia entre un sistema político y electoral que hunde sus raíces en la historia y la tradición, porque la secuencia que hemos relatado se repite de forma idéntica desde el siglo XVIII e incluso antes, y un sistema como el que sufrimos los españoles, al que nuestros inefables políticos -y no menos inefables tertulianos- se apresuran a calificar diariamente de democracia avanzada y tonterías semejantes. Dime de lo que alardeas y te diré de lo que careces, reza el refrán popular. Porque somos un pueblo que desconoce su historia, sin referencias democráticas y cuya cultura popular incorpora como señas inequívocas de identidad la picaresca y la incompetencia.

El sistema electoral británico no es proporcional como el nuestro, sino mayoritario. Eso significa que su territorio está dividido en tantas circunscripciones electorales como escaños en el Parlamento, que no se corresponden con circunscripciones administrativas como provincias o islas, tal como sucede, por ejemplo, en el caso español. De modo que no hay listas, porque en cada circunscripción se elige a un único diputado. Y las consecuencias de ese sistema son muy beneficiosas. Cada elector conoce al diputado de su circunscripción, un diputado que se reúne habitualmente con sus electores para darles cuenta de su gestión; y los diputados, gracias a esa cercanía, gozan de una autonomía y una capacidad de decisión muy superior al de sus homólogos españoles, que forman grupos disciplinados de aplaudidores y repetidores de argumentarios. Hay disciplina de voto, pero el sentido de ese voto lo decide el grupo parlamentario, al que el Primer Ministro debe cuentas, porque más de uno ha dejado de serlo al perder la confianza del grupo. El Presidente del Parlamento, además, es neutral en las votaciones porque representa a toda la Cámara. Y Carlos III se limita a recibir al Premier saliente y después al entrante, sin tener que representar el teatro de unas consultas con los líderes de los partidos, cuyo resultado todo el mundo conoce.

Estoy seguro de que mis amables lectores, igual que yo mismo, sienten una sana envidia por la cultura política y el sistema electoral de los británicos, pero hemos de resignarnos con lo que tenemos, la historia ni se improvisa ni se inventa, y teniendo en cuenta nuestra historia, que encima desconocemos, no podemos aspirar a mucho más. Como suele decirse, a la vista de nuestros políticos, todavía podía ser peor.

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