tribuna

El chotis del Elíseo

Ya hablé del chotis del Elíseo cuando la boda de Almeida, pero algo se me quedó en el tintero, que ahora es un teclado táctil. Digo tintero porque las cosas siguen siendo básicamente iguales, independientes del tiempo, de las modas y las tecnologías, y un chotis tiene el mismo valor simbólico y popular ahora que en 1886, cuando se estrenó la zarzuela La Gran Vía. En la letra de Felipe Pérez González, se habla de lo igilí, que es el origen de la palabra gilipollas, calificativo que se traslada al tango argentino como gil.

El origen está en la hi li que es la high life inglesa, que se refiere a una alta sociedad que hay que imitar en un mundo invadido por la plutocracia. Es curioso que este apelativo se utilice en el ambiente de criadas y de horteras que van a bailar, enseñando la camisa y con los guantes sucios de carbón, a un centro de nombre tan rimbombante como El Elíseo, que más recuerda a unos paseos versallescos. El Madrid de finales del XIX, con su Caballero de Gracia y la pobre chica que tiene que servir cuando viene de fuera, es la imagen del quiero y no puedo y del falso paraíso donde triunfan las vanidades y los deseos por igualar a una clase que se encuentra demasiado distante.

Hoy, el ambiente sigue colmatado de gilipollas que, en lugar de bailar el chotis, se revuelven por destacar en un plató de televisión. Más o menos lo mismo, pero disfrutando de la tecnología de la traslocación de las imágenes. El ambiente igilí continúa existiendo y no nos resulta un anacronismo, sino todo lo contrario. España se convirtió hace mucho tiempo en un país para la añoranza. Se añora lo perdido, en la creencia de que ahí se encuentra lo mejor que hemos sido. Se añora presumir de un imperio desde un café madrileño, se añoran los experimentos políticos que nos llevaron a matarnos, siempre a garrotazos como nos pinta Goya, se añoran las bombas al paso de los carruajes, los gudaris bajando de los montes a matar guiris y los segadores armando revueltas en las plazas. Y se añora todo esto porque, en el fondo, somos los mismos miembros del igilí, los mismos gilipollas que iban a bailar el chotis al Elíseo en La Gran Vía. La Gran Vía es una pieza musical extraordinaria del maestro Chueca, que hoy le da nombre a un barrio avanzado de la capital. Pero, además, es un ejemplo magistral de que nada cambia, de que estamos igual que siempre, con los guantes de carbón y enseñando la camisa por detrás. Para qué vamos a cambiar si así nos va bien.