Una amiga me comenta que un vecino de La Punta dice que las brujas existen porque todo lo que se nombra existe. Así son las verdades del barquero que se pueden resumir en el “haberlas haylas”. Sin embargo, esto no es así del todo. Hay cosas que se nombran y se niegan. Pregunten a los ateos, sobre todo a los que afirman que no creen gracias a Dios.
Descartes ampliaba la existencia de las cosas a ser pensadas, con lo cual, todo aquello que se imagina puede ser nombrado, y al serlo, obtiene la fehaciencia del ser. Todo esto, incluso lo cartesiano, no sirve para nada, porque el mundo se basa en que la mitad niegue lo que piensa, crea, nombra o imagina la otra mitad. De aquí la tendencia a borrar, a desacreditar como bulo todo aquello que no coincida con lo que se defiende de manera doctrinaria.
Las brujas no existen porque la Inquisición las quemó a todas. La demostración de que estaban ahí estriba en la propia existencia del órgano exterminador y su condena. Pongamos que las cosas existen en función de quien las afirme. Por ejemplo, Maduro ha sido elegido presidente porque así lo proclama el Tribunal Supremo de su país, a pesar de que más de medio mundo no lo acepte como cierto. De todo esto se deduce que lo que afirma el barquero de La Punta con respecto a las brujas no es tan verdad como parece.
La gente está más dispuesta a tragarse lo que le digan sus padres espirituales cada mañana, o escriba su periódico de cabecera, que a aceptar lo que le dicte su razón. Es más, parece que la razón ha desaparecido en este mundo de buenos y malos, y ha sido sustituida por las consignas y los argumentarios. Se asegura que la verdad está contaminada menos la propia, esa que viene bendecida desde el ideario infalible.
Dicho así, a bote pronto, no parece muy democrático, aunque se asegure que se hace en defensa de la democracia. ¿Qué democracia? Admito que ocurra de esta manera, entonces tengo que concluir que es la propia democracia la que está enferma, o, lo que es peor, alguien la está intoxicando para matarla del todo y cambiarla por otra cosa, que ya sabemos cómo funciona, que existe y que tiene nombre como podemos comprobar.
Entonces va a ser verdad lo del barquero, que todo lo que se nombra existe, que cuando el río suena es porque agua lleva, y tantas y tantas verdades que la tradición ha ido recogiendo en los refraneros. Pero esto no conviene mantenerlo en pie y hay que inventar a nuevos inquisidores que persigan y encarcelen a todos aquellos que digan lo que no conviene escuchar, disfrazado de delito de odio, que es lo más unidireccional que he visto. Porque González Urrutia no dispone de un tribunal para sentenciar a los que mienten, debido a que ellos tienen el monopolio de la verdad. Solo mienten cuando conviene, cuando lo exige un bien mayor que transforme a la falsedad en una virtud.
No me hagan caso. Nada de lo que digo es cierto. Estas cosas suceden en un planeta imaginario como el de Saint Exupery, o en el sueño de Dorita, atravesando el reino de Oz por el camino de losetas amarillas en compañía de un león, un espantapájaros y un hombre de hojalata. A veces me despisto y escribo sobre lo que fluye por mi cerebro destartalado. Pido perdón.
A pesar de todo, sigo pensando que las brujas no existen, diga lo que diga el barquero de La Punta, que lo de haberlas haylas es cosa de gallegos, que creen en ellas y en el demonio. Son antigüedades que debemos quitarnos de la cabeza si queremos entrar de lleno en un mundo de progreso que nos garantice el futuro, no el de unos pocos sino el de todos.
