He visto a Isabel Preysler en El Hormiguero y me he reconciliado con ella. No es que me cayera mal. La encontraba un poco afectada. La he visto educadamente inteligente, que es una forma interesante de serlo. Hace muchos años, cerca de cincuenta, la saludé en una sala de exposiciones de Marbella. Estaba con Pitita Ridruejo y me pareció muy bajita, pero es que Pitita era altísima. Después Pitita se convirtió en un personaje de Umbral que vivía, junto a un panadero, en la última página de El Mundo.
Las dos me resultaban un poco pijas, pero Pitita se especializó en apariciones marianas y empezó a resultarme una persona interesante. Sobre todo el día que contó cuando fueron a cenar a Balmoral, con la reina Isabel II de Inglaterra, y Felipe de Edimburgo le daba pataditas por debajo de la mesa.
Isabel Preysler le dijo a Motos que Carlos III es aficionado a los curanderos y han contratado a un homeópata que le recomienda pelos de cabra para combatir la impotencia. Siempre me han gustado estas cosas si están hechas con elegancia. Cualquier tontería puede convertirse en buena si la aderezamos con un poco de frivolidad. Ahora todo esto vuelve a estar de moda porque la gente ha descubierto que es un coñazo estar todo el tiempo con Paquirrín y la Pantoja.
Creo que estamos en un cambio de ciclo. Por eso me he reconciliado con Isabel. Yo creo que lo empecé a hacer el día que descubrí a su madre filipina con su nieto Julio. No sé lo que le pasó con Vargas Llosa, ni me interesa, pero pienso sinceramente que él salió perdiendo. Esta noche he mostrado mi otra cara. En realidad siempre me gustaron los buenos restaurantes, los buenos hoteles, las carreras de caballos, las fuentes luminosas, los fuegos artificiales y las duquesas en pelotas. ¿No lo sabían? Pues yo he sido siempre un poco así.

