Casi al principio de la calle del Corso, cerca de la plaza Venecia, está el museo Doria Pamphili. Es el mayor museo privado de Roma y en sus dependencias vive todavía la familia propietaria. Pamphili fue el papa Inocencio X, pintado por Velázquez, que está solo, sobre un caballete, en una salita haciendo esquina en la galería. Para muchos es el retrato mejor pintado jamás.
Representa a un personaje que transmite autoridad con la severidad de su rostro. También determinación, aunque quizá ninguna de estas características fuera demostrada con sus hechos. Pamphili salió elegido en una terna donde figuraban el español Gil de Albornoz y el cardenal Mazarino. Mazarino tiene una hermosa iglesia frente a la Fontana de Trevi y pareció someter a inocencio cuando le obligó a no perseguir a los Barberini, cardenales hermanos de su antecesor, Urbano VIII.
La familia Barberini tenía un espléndido palacio junto a la plaza del Tritone, en la calle de las Quatro Fontane, que es el museo nacional de pintura en la ciudad. Los Pamphili en la plaza Nabona, en lo que hoy es la embajada de Brasil, frente a la fuente de los cuatro ríos, de Bernini. Como se ve, todo muy conectado y coincidente. Pero Mazarino, que sucedió en Francia al cardenal Richelieu, tenía más poder que todos ellos, pues se decía que estaba ligado sentimentalmente con la reina, Isabel de Valois, hija de Felipe III de España y viuda de Luis XIII. La que sale en Los tres mosqueteros, de Alejandro Dumas, y tiene un lío con el duque de Bukingham por un collar de esmeraldas, la que confía en su fiel Constance, la novia de D’Artagnan. Se decía que era el padre de Luis XIV, en la línea de Borbones que hace a Felipe V rey de España.
Pero aquí no nos interesan los parentesco reales sino situarnos en la contemplación del espléndido cuadro de Velázquez. El rostro de Inocencio se muestra rojizo, pero no se sabe ciertamente si es debido a su condición rubicunda, que le hace parecer colérico, o es el reflejo del color de la esclavina, de la sotana de seda o de los cortinajes que están detrás de la figura. Lo cierto es que un ambiente rojo envuelve al Papa uniformando el tono de la pintura. A mí siempre me ha sugerido una lección para la escritura, en ese esfuerzo tan difícil porque las cosas expuestas no se salgan del mismo discurso.
A Francis Bacon le obsesionada este cuadro. Hizo varias versiones deformando al modelo con su estilo peculiar y desarrollando una gama colorista diferente en cada caso. Sin embargo nunca quiso estar frente a él. Tenía miedo de que la impresión le arrebatara su primera idea creativa. En las ocasiones que estuvo en Roma se negó a visitar el museo Doria Pamphili. Esto le suele ocurrir a quienes tienen idealizado al modelo que copian y se empeñan en alejarse de él lo más posible. En esto son sinceros porque no hay nada peor que estar ante alguien que se empeña en clonarse con su antecesor, mostrando la supeditación de su personalidad con la del que imita. Esto se agrava cuando las masas siguen ciegamente a estos estafadores de la suplantación. De dictadores que se convierten en zares y en autarcas con vocación mesiánica está el mundo lleno. He desembocado de la sublimación del arte a la vulgaridad, quizá obligado por el ambiente de la realidad contaminada que me rodea.
No me hagan caso, olviden esto. Ninguna reflexión se puede extraer del cuadro de Velázquez que no sea la grandeza de la pintura. Por eso Bacon no la quería ver. Si visitan Roma no hagan como él. Vayan al Doria Pamphili y sometan su mirada al choque con la belleza y la extraordinaria inteligencia de un pintor. Se los digo escribiendo, que es la única forma que tengo de expresar lo indecible. Siempre en la aproximación a la realidad sublime, con el reconocimiento humilde de que es inalcanzable.


