Tres menos cuarto de la tarde de un viernes de septiembre. Parada de Plaza Weyler, dirección Trinidad. Unos 32 grados a la sombra y 77 por ciento de humedad a ojo de buen cubero, o de broker de Wall Street, que lo mismo da. Algunos resoplan sin dejar de mirar de reojo la pantalla que chiva los minutos restantes para la llegada del próximo convoy. Todos deseamos lo mismo: el aire acondicionado a todo trapo dentro del vagón.
Y llega por fin, puntual como siempre y abarrotado como nunca. Las puertas se abren. Salen unos pocos y otros muchos entramos. A tropezones, con mal disimulada prisa, no se vayan a cerrar las puertas y nos quedemos al solajero y sin el ansiado biruji artificial.
Por fin dentro. Respiro hondo y con alivio. Y es justo entonces, en ese preciso momento, cuando uno desea arrancarse el olfato y sumergirse en la más absoluta anosmia. Escupir al suelo la pituitaria y pisotearla antes de que sus desaprensivos receptores olfativos manden una sola señal más al cerebro.

Siento que estoy a punto de caer redondo al suelo, boqueando con los ojos fuera de las órbitas como aquel pobre pececillo que de niño saqué del acuario que había en casa y cuyo agónico recuerdo aún me persigue. Descansa en paz, pez.
Es cosa sabida que hay sobacos que olieron a sudor normal y natural hace mucho, mucho tiempo en una axila muy lejana, pero al dejarse macerar en exceso a causa de una higiene personal demasiado abstracta acabaron por mutar en otra cosa bien diferente, que ni axila ni sobaco ni, si me apuras, humano. Se transformaron en algo pútrido, añejo, picado y descompuesto que atufa el aire hasta hacerlo irrespirable. En corrompidos, infectos y encarroñados generadores de un pestazo ácido, acre y penetrante que hace saltar las lágrimas como cotufas en una reacción instantánea que deja a uno al borde de la lesión cerebral.
Estamos ante un ataque en toda regla perpetrado por los efluvios de sobacos perversos y pervertidos que emanan metralla odorífera a diestro y siniestro. Muy siniestro. Sobacos que se ofrecen sin rubor, esparciendo moléculas cuasiletales que se volatilizan en el aire causando vahídos, desfallecimientos, tics oculares nerviosos y temblores de rodillas a los aturdidos viajeros en un fétido radio de varios metros.
Esto me está recordando las primeras páginas de El perfume. Aquella repugnante y vívida descripción de los hedores del mercado del París del siglo XVIII, donde Grenouille viene al mundo entre los restos de pescado podrido del puesto regentado por la madre que lo parió, probablemente sin dejar de descamar una lubina que tal vez estuvo fresca el día que concibió. Si Patrick Süskind, en una pirueta espacio temporal afortunadamente imposible, hubiera pasado por este vagón antes de rubricar su célebre novela, es posible que hubiera hecho nacer a Grenouille en algún punto entre las paradas de La Paz y Puente Zurita, arropado por la pestilencia nauseabunda de esos sobacos en descomposición.
En un tranvía llamado sobaco no encuentras a Vivien Leigh ni a Marlon Brando, como en el clásico del cine de Elia Kazan, y el único deseo posible es el de salir por patas cuanto antes. Solo quiero huir de este vagón asfixiante. Respirar hondo la bendita polución urbana y llenar mis pulmones de tanto monóxido de carbono como sea posible, bajo la liberadora inclemencia del solajero de septiembre. Un septiembre que nos cargamos sin remedio a la espalda y que a su vez carga con el también irremediable arranque de un nuevo curso escolar. Y hoy, el infierno es un vagón que huele a sobaco muerto. Pero que muy muerto…
