Hay días en que no apetece hablar de política. No es que la política se haya calmado ni que no nos inquiete lo que pasa en el mundo: Netanyahu bombardeando el sur del Líbano, Trump diciendo que los inmigrantes se comen a los gatos, Putin con su ofensiva contra Ucrania y los socialistas alemanes escapando por los pelos en Brandemburgo. Brandemburgo estaba en el Este hasta hace poco, pero antes Juan Sebastián Bach le dedicó unos conciertos extraordinarios al Margrave. Me quedo con Bach. El mundo es complicado, pero no lo es tanto si miras otras cosas y te desentiendes de los que hay a tu alrededor. A veces pienso que hay gente, no son muchos, interesada en que exista un debate permanente sobre cuestiones que no nos afectan tan directamente, pero sí que lo hacen porque nos transforman la vida en una incomodidad. Hay páginas en las redes sociales donde se insultan despiadadamente y las distintas facciones se desfogan como si estuviesen en una guerra. No consiguen nada con eso. Ni siquiera se divierten, pero sueltan grandes cantidades de adrenalina que se escapan por las alcantarillas de la ficción. Se desarrolla un odio de consumo interno que da salida a la plétora sin que dañe a lo que tienes más cerca. Es como el que descarga en la oficina todo lo que soporta en su casa o hace infeliz a su familia dando salida a todo lo que aguanta pacientemente en el trabajo. Si al menos las redes sirvieran para esto, como la tomatina de Buñol, no estaría mal, pero lo cierto es que almacenan un odio añejo que un día terminará saliendo por alguna parte.
Hoy no me apetece hablar de estas cosas pero, ya ven, estoy hablando. Salirse de la espiral de escándalos es difícil; te acosan a izquierda y a derecha, te presionan y no te permiten ver con calma la belleza de lo que te rodea. Esto me pasa leyendo los periódicos de la mañana y viendo a los tertulianos de la televisión, luego salgo a la calle y la gente sonríe, y se toman un café o un vino, y hablan entre ellos derribando las fronteras que otros levantan para que no se entiendan. No sé si escribir sobre esto ayuda, creo que un poco sí.
Hoy está soleado y tenemos 19 grados. Ya estamos en otoño y los estudiantes acuden a sus clases para aprender lo que luego van a ser. Médicos que curarán nuestras enfermedades, abogados que nos defenderán de nuestros vecinos malintencionados, arquitectos que construirán nuestras casas, ingenieros que harán de nuestra inteligencia una réplica falsa, historiadores para corregir las mentiras que otros como ellos elaboraron, jueces que nos meterán en la cárcel, economistas que nos dirán que todo va bien mientras tenemos los bolsillos vacíos, biólogos que nos convencerán de que todo depende de una célula, físicos que harán lo mismo con un átomo, matemáticos a los que no les fallan las cuentas, periodistas que nos venderán la verdad al peso y filósofos que defienden la igualdad mientras se lo intentan llevar todo para su casa.
Después iré al tanatorio porque se ha muerto un vecino. Aquí decimos uno menos, pero en el más allá dirán uno más. Las cosas son tan relativas… Como decía Julio Iglesias, la vida sigue igual, y yo me pregunto cómo pudo alcanzar el éxito partiendo de una obviedad como esa.
