tribuna

En 1817 se instigó desde el Caribe a la independencia de Canarias

Estimado lector, imagine que el Cabildo de Tenerife recibiera hoy un correo electrónico, dirigido desde la más recóndita de las caribeñas Islas Vírgenes de los Estados Unidos, actualmente llamada Saint Thomas, con menos superficie que el municipio de Arona, y que el contenido de esa comunicación fuera una proclama que instase a la independencia de las Islas Canarias. Probablemente el mensaje acabaría en la bandeja de correo no deseado, al ser identificado automáticamente como spam. Y ahí habría terminado la cosa.

Dejemos la fantasía y volvamos a la realidad histórica. En julio de 1817, el Cabildo o Ayuntamiento mayor de Tenerife, ubicado en La Laguna, recibió un pliego compuesto de tres cartas y un manifiesto insurreccional, remitido desde las Islas de Barlovento o Pequeñas Antillas, más concretamente desde la de Santo Tomás. El contenido de la proclama instaba a la independencia de Canarias, aprovechando los aires revolucionarios que soplaban en Hispanoamérica, sumida por aquel entonces en pleno proceso emancipador y con la metrópoli recuperándose de la reciente invasión napoleónica. Aunque hubo tentación por quemarlo y no tenerlo en cuenta, finalmente el correo no solo fue abierto, sino que el revuelo que causó entre las autoridades civiles y militares canarias el panfleto fue de enorme magnitud. A los reproches cruzados entre el corregidor del Cabildo y el Capitán General de Canarias por no haberle comunicado inmediatamente el primero al segundo la existencia del libelo le siguió otro capítulo del pleito insular. Cuando preguntados los miembros del Ayuntamiento de Las Palmas por si habían recibido una soflama igual que la de la isla de enfrente, no tuvieron mejor forma de responder que atacando, echando la culpa a los tinerfeños de estar esparciendo infundios y calumnias sobre una isla que en todo momento se había mantenido leal al rey de España y a la unidad del Imperio. Luego se les explicó que solo era una pregunta y el aceite volvió a separarse del agua tras aquella revoltura. Y todo por un pasquín.

Añadiendo más datos curiosos a la historia, el que firma y envía dicha proclama se llamaba Agustín Peraza Bethencourt, quien resultó ser un exsoldado majorero, del Regimiento de Fuerteventura, que se hallaba avecindado en el pequeño paraíso caribeño.

Para enrevesar aún más el relato, quien fuera mano derecha de Simón Bolívar, el comandante José Antonio Páez, descendiente de icodenses y presidente en tres ocasiones de la incipiente República de Venezuela, mantiene comunicación epistolar con Peraza Bethencourt semanas antes de que éste firme y envíe su arenga. Le propone pasar a formar parte de las tropas insurreccionales venezolanas como teniente de infantería y le manifiesta su aprecio por los canarios que luchan en suelo americano.

El sentimiento de pertenencia a un único pueblo canario acompañaba a sus hijos al otro lado del charco. Tal es así que se aprecia cómo canarios que formaban parte activa de los movimientos insurreccionales americanos no olvidan su tierra natal, e instan a sus paisanos a rebelarse contra “los malos funcionarios peninsulares, cuyo despotismo explotaba a los sumisos isleños”. Miles fueron los canarios que participaron en las guerras emancipadoras americanas, tanto en los ejércitos realistas como en los independentistas, teniendo por común denominador el mantenimiento de su conciencia de isleños, condición que transmitían a sus descendientes.

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