tribuna

Nadal

Se retira Nadal, el mejor deportista español de todos los tiempos. Lo hace tranquilamente, en un video con su mujer y su hijo, con una sonrisa, como siempre se ha comportado en las canchas, amable, educado y sin un mal gesto. Nadal no rompe raquetas ni se enfada cuando pierde y es amigo de sus rivales; por eso lo admiran en todo el mundo, demostrando así que esos valores todavía siguen estando en pie y son el motivo de admiración de tanta gente. Nunca hace mofa de los que tiene enfrente y ha entendido su vida como una mezcla de entrega, esfuerzo, disciplina y respeto. Sobre todo respeto, ese aspecto tan importante que olvidamos en nuestra vida normal, sobre todo en la política. Porque en este terreno Nadal no ha sido capaz de imponer su modelo y su forma de ser. Lo cierto es que la mayoría no lo considera un bicho raro por estas cosas, en un país en donde la rareza es no ser áspero, violento, enemigo acérrimo e insultante. Algo no cuadra en estos planos que coexisten, donde el deseo general es que uno se instale definitivamente sobre el otro.

Leo a Cervantes y me parece estar viviendo en medio de la existencia disparatada de don Quijote, con una aventura detrás de otra, un descalabro detrás de otro y un entuerto que no acaba de resolverse para homenajear adecuadamente a Dulcinea del Toboso. Todas las desgracias que acontecen no provocan un parón reflexivo porque el bálsamo de Fierabrás sana inmediatamente las heridas y los protagonistas se muestran dispuestos a entrar en nuevos conflictos al día siguiente. Así el libro va exponiendo catástrofes sucesivas, exponiendo al lector a un manual de resistencia que se ríe a mandíbula batiente o se desespera ante la imposibilidad de salir del disparate. Muchos comentaristas han comparado a don Quijote con España, diciendo que es el reflejo de lo que somos. Es cierto que todo está en ese libro maravilloso, hasta la capacidad del que lo escribe para que nos reconozcamos en él. Pero hay algo importante y es que al final se deshacen los encantamientos y don Quijote recupera la cordura antes de su muerte. Dulcinea queda desencantada y el Caballero de la Triste Figura empieza a despotricar de todos los libros de caballería que ha leído. Reconoce el daño que le ha hecho seguir a Amadís de Gaula y se reconforta consigo mismo en una vida donde retorna a la sensatez. Quiere esto decir, que siempre existe la esperanza de que del disparate se acaba saliendo. La muestra de que esto es así es que deseamos ser como Nadal, que en España somos otra cosa y no siempre tenemos que terminar a cañonazos, o a garrotazos, que es como nos pintaba Goya. Este pintor, entre monstruo y monstruo, nos coloca bajo una sombrilla que amortigua la luminosidad de un verano infame. Me gustan los pintores de este país, que muestran a los niños desnudos en las playas de Levante, o a los reyes descabalgados mientras sus ministros exhiben el poder con la cabriola de un caballo.

Me gustan los novelistas como Cervantes. Me gusta Gabriel Miró con su maravillosa prosa para hablar de Sigüenza u Orihuela, disfrazada de Olesa. Me gusta la Sigüenza de la Alcarria, que retrata magistralmente Camilo José Cela. Me gusta Nadal, humilde y magistral, despidiéndose desde su casa de Mallorca. Otras cosas no me gustan tanto, pero mientras tengamos estas que digo estaremos ante la posibilidad de recuperarnos. Si hiciéramos un referéndum ganaría Nadal por goleada.