tribuna

Nexus’, de Harari

Llevo avanzada la lectura de Nexus, el último libro de Harari. Habla de información, de relatos, de redes y de inteligencia artificial. Ya sé cómo opina. Después de leer Sapiens, Homo Deus y 21 lecciones para el siglo XXI, no es difícil adivinar cuál es su pensamiento. Harari es historiador, pero además no pierde la óptica del mundo desde un aspecto biológico y, sobre todo, tecnológico. Tiene una forma de ejemplificar las situaciones utilizando las técnicas del relato que tanto critica, pero es muy efectivo. Todo pivota sobre varios hechos que tienden a explicar comportamientos genéricos desde el localismo de una descripción, como, por ejemplo, la historia de una paloma mensajera, cher ami, que salvó a un grupo de soldados aliados en la primera guerra mundial, cuando estaban siendo castigados por el fuego amigo; o por la interpretación de El aprendiz de brujo, de Goethe, o de cómo se sientan las bases del sionismo moderno que da pie al estado de Israel, basado en las arengas de un poeta exaltado y de un militarista. Harari demuestra que un mundo contaminado por los relatos se pude explicar también con relatos, como si estuviéramos en un juego de muñecas rusas. No obstante, se pueden extraer conclusiones serias y positivas con este procedimiento, por el que se critica al populismo con sus mismas armas, pero desde el rigor y el prestigio de un científico serio, considerando a la ciencia como un compendio de conocimientos arbitrados desde la óptica de un historiador. Harari nos ayuda a distinguir entre la ficción y la realidad, siempre con la duda que se plantea entre lo real y lo verdadero, esa eterna contradicción entre lo eterno y lo aparente que nos planteamos en tanto máquinas cerebrales sometidas a impulsos neuronales difíciles de controlar y de asilar. Habla de la burocracia como motor del orden y del mundo, y también de la factibilidad y del error de los humanos, siempre confiando en la posibilidad de la rectificación. A veces, es riguroso y, en ocasiones, ligero, pero así es Harari, que tiene la virtud de que no te resistes a leerlo. Harari no puede ser comprendido ni aceptado por todos, como les pasa a los que adoptan una posición equidistante en un mundo de polarizaciones. Harari coloca en el mismo nivel de peligrosidad al fascismo como al estalinismo y, en un ambiente donde existen residuos de ambas cosas, es complicado obtener unanimidad. Yo me siento cómodo leyéndolo, quizá porque he adoptado ese prisma de neutralidad tan necesario para ver las cosas sin la influencia de los relatos manipuladores, pero con tantas cortapisas para ser aceptado, por otra parte. Hay otras maneras de ver al mundo y hay otros escritores e investigadores, quizá más convincentes en función del sector al que se dirijan, pero su esfuerzo divulgativo para hacer llegar un mensaje con nitidez y sencillez, hace que tenga millones de lectores en todo el mundo. Su predicación no es tal, porque se muestra contrario a todas las predicaciones, doctrinas y consignas, pero creo que sirve de ayuda para tener otra mirada sobre las cosas que nos rodean. La actualidad se acredita cuando se apoya en hechos históricos, porque la reiteración es uno de los principios básicos de la evolución. Ningún avance es consistente si no se asienta en algo anteriormente consolidado. A Harari hay que leerlo con un sentido crítico, a pesar de que no se deje, porque su estilo directo, ágil, seguro y riguroso, aparentemente no lo permite. Yo creo que esto hay que hacerlo con todos los libros si no queremos ser colonizados por la última moda. Harari siempre es recomendable. Mucho mejor que estar pendiente de los duelos ideológicos, que son la práctica habitual de nuestra vida tediosa. En fin, qué les voy a contar.