tribuna

Pluralismo

Hay lugares en donde se está peor que en España? Pues yo creo que sí. A pesar del debate continuo entre unos y otros, a pesar de los odios y las descalificaciones entre los representantes de los grupos políticos, a pesar del tremendismo informativo, la fachosfera y la máquina del fango, España es un país en el que se vive bien y en el que se puede ganar dinero aunque no se reparta por igual. Esto es lo que indican los 11.800 puntos del Ibex35, que hace unos pocos años rozaba los 8.000. Sin embargo, hay una sensación de desequilibrio, de que todo se puede venir al suelo de un momento a otro, un ambiente de provisionalidad provocado por un exceso de pluralismo, que unos dicen que es bueno y otros que no tanto. Quizá todo obedezca a un cambio de ciclo y no nos hemos acostumbrado a convivir con lo que nos viene, añorando un bipartidismo que fue la clave, en esencia, de nuestra transición democrática. En realidad, el país mostró su cara más auténtica, la del desacuerdo global basado en el acuerdo de muchos pequeños, como si la dictadura y los primeros constitucionales, después de 1978, hubieran sido un impase para retornar al frentepopulismo que nos condujo a los mayores desastres. A pesar de todo, funciona, y es posible desarrollar una política efectiva a base de tensionar permanentemente, como decía Zapatero; y no quiero decir con esto que Zapatero sea una lumbrera. Su primera idea, al aprobar la memoria histórica, era demostrar que la transición no había saldado todas las cuentas y que era recomendable retornar a las viejas formas, que son las que tenemos ahora. Algunos hablaron de un gran pacto de Estado y otros los llamaron obsoletos, y al fin se impuso aceptar los hechos tal como vienen, como si no existiera otra posibilidad y seguir el consejo de Adolfo Suárez cuando decía que había que hacer normal lo que a nivel de calle era normal. Yo no estoy demasiado seguro de que esta normalidad se haya alcanzado porque, a menos que a la tensión permanente y al desacuerdo se le considere como tal, esa normalidad, añorada por la nostalgia de algunos, está muy lejos de alcanzarse. Ahora me acuerdo de mi amigo Sergio Correa, al que le gustaba decir que bailaba con la más fea. En confianza, a nadie le gusta bailar con la más fea, ni asumir el papel de hacerlo siempre porque no le queda más remedio. Si tenemos que bailar con la más fea es porque alguien, que no se sabe quién es, baila con la más guapa, una situación que se nos tiene vedada a los ciudadanos de a pie, o eso parece, dado el conformismo con que aceptamos asumir esos papeles desafortunados. Parece que la economía va bien, y eso que al cuerpo del señor Cuerpo se le ve cada vez menos. El señor Cuerpo es el único ministro que no sale a descalificar a los contrarios ni utiliza el improperio como base de su lenguaje. Debe formar parte de otra fuerza de choque, la que trabaja en silencio para que las cosas sean de otra manera, sin ideologías de por medio, que es como parece que mejor funciona el mundo. En el centro de esta vorágine, que es como una tormenta dentro de una piscina, navegamos con la confianza de que no nos queda más remedio que convivir con este modelo plural que no hay quien lo cambie y que, según todos los analistas, es el cemento que une fatalmente al Gobierno. No hay otra salida y, por lo que se ve, nadie está interesado en que la haya.

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