Todos dan como posible ganador de las elecciones en EE.UU. a Donald Trump. Esto supone un crecimiento de la extrema derecha en el mundo occidental y la crisis de una izquierda que mira a China como el único amparo ideológico; pero resulta que China no es una democracia. Leo que Sánchez es el único baluarte que le queda al progresismo en Europa, como si este desarrollara una política más allá de la supervivencia. Lo que ocurre en España está condicionado por una extraordinaria tensión territorial, alentada por el nacionalismo y el populismo, y estos no son los fundamentos ideológicos de la izquierda. Yo diría que Sánchez no es la izquierda: más bien se apoya en ella para defender una posición que no le queda más remedio que adoptar si quiere sobrevivir. La demostración de esto que digo se encuentra en los comentarios de los analistas sobre el reforzamiento del partido en el próximo congreso socialista, como base para afianzar la acción de gobierno.
Quiero decir que Sánchez necesita impregnar de sanchismo el PSOE para así garantizarse la permanencia. La permanencia es lo importante, la ideología es lo de menos. Pero de qué sirve afianzarte como único si lo que te rodea avanza por otros derroteros. Esto le pasó a Franco durante cuarenta años y lo llamábamos aislamiento. El problema histórico español ha sido el aislamiento. Desde 1898 es así. Nuestra historia ha consistido en empeñarnos en ser la excepción en un mundo que avanza a una velocidad diferente; y lo seguimos siendo, cuando queremos ir a contrapelo apostando por lo que nadie apuesta, buscando la originalidad de ir contra corriente, como se demuestra en el conflicto de Oriente Medio, en el que, si gana Kamala, tampoco va a estar de nuestra parte. Con Venezuela ocurre igual.
¿El chavismo es de izquierdas o es un grano en el culo que le sale a la democracia? ¿Kamala estaría dispuesta a aceptar a Maduro si gana las elecciones en EE.UU.? ¿El mundo democrático está por admitir las formas displicentes de esa dictadura? Yo creo que no, pero, como siempre, el problema deja de existir cuando no se habla de él. Ahora, a González Urrutia se le arrincona en manos de la derecha y se silencian los esfuerzos de María Corina Machado por hacer valer los derechos de un pueblo que votó por el cambio y se están ciscando en su voluntad expresada en las urnas. Adesso non ridere, como decía Rigoletto. Todos los lunes leo a Iván Redondo en La Vanguardia. Hoy va de Heráclito y del río y de que las aguas no son las mismas. Claro que no: a veces vienen turbias, pero siempre, una molécula, que también fue pensada por un griego, se compone de dos átomos de hidrógeno y uno de oxígeno. Los hechos se repiten, aunque no sean exactamente iguales. Decir que los tiempos de Sánchez son excepcionales es una forma de consagrar una originalidad que no es tal, propia del cesarismo al que no le afectan las circunstancias históricas. Negar que estamos entrando en una crisis como la que sufrió Felipe González al final de los 90 es igual que no aceptar que estaremos cada vez más aislados, con Trump o sin Trump, como en los años de la oprobiosa, convertidos en centinelas de un Occidente que no necesita que lo vigilen.
