En Alemania, en 2002, hubo unas inundaciones; el socialdemócrata Schröeder se puso unas botas de agua y ganó las elecciones. En 2021, Scholz hizo lo mismo. La televisión se encargó de sacar unas imágenes de su opositor en el lander, con una sonrisa, y consiguió el mismo efecto, formando gobierno con Los Verdes.
La forma de gestionar la desgracia resulta muy importante en política. Es difícil defenderse cuando alguien pretende cargar sobre tus espaldas a los muertos. En España, hemos visto algunas movilizaciones en las redes sociales tendentes a buscar responsables en la catástrofe valenciana. Esto es normal, sobre todo cuando surge un movimiento espontáneo, directamente del pueblo, para tratar de colaborar en la solución del problema. Entonces se oyen las voces de que hay que dejar actuar al Estado, mientras el Estado está tirándose los trastos a la cabeza.
Anoche vi a Ferreras en La Sexta y comprobé sus esfuerzos por manipular y tensionar. Siempre hay un periodista encargado de esta labor de polarización que parece convenir tanto a quienes la ponen en práctica. Hoy, las aguas vuelven a sus cauces, a pesar de que quedan muchos cadáveres por encontrar entre los desaparecidos. El País titula que Mazón propone incorporar al Gobierno en las tareas de rescate y éste acepta. Asunto zanjado, aunque el debate se mantiene sobre quién avisó a tiempo o dejó de hacerlo, como si alguien tuviera interés en que la catástrofe alcanzara las dimensiones que todos hemos visto. Ya ocurrió en 2004, cuando los trenes. Lo primero fue señalar al culpable, tratando de obtener un rédito directo, como así sucedió.
No quiero pensar que esta terrible inundación sea el detonante que venga a salvar por la campana a quien está con la soga al cuello. De momento, no parece que sea así, a pesar de que algunos voceros se estén frotando las manos con el asunto. Ya anoche escuché a una analista relacionando lo de Valencia con las mochilas de Atocha, con el Prestige y con el Yak 42. Otra vez a lo mismo.
En la televisión he visto riadas de personas que iban a ayudar. No creo que sean de izquierdas ni de derechas. Son la gran masa de buena voluntad que hace avanzar al país.
Otros, desde sus casas, están delante de sus televisores y sus móviles, formándose un juicio sobre lo que pasa, sobre quién tiene la culpa, discutiendo, como siempre, sobre los galgos y los podencos que se los vienen a comer. Estas son las dos Españas: la que se moviliza en torno a la solidaridad, y la que se mantiene crítica y estática, siempre en la grada de los acontecimientos para dogmatizar con sus opiniones.
Todavía no han sacado a los muertos de las ratoneras donde quedaron aprisionados y ya estamos buscando a los culpables para colgarlos en la plaza del pueblo. Hay gente a la que le gusta ver la cabeza de alguien clavada en una pica, como la del general López de Ochoa, en 1936, o la de don Álvaro de Luna, el condestable de Castilla que fue ajusticiado en 1453.

