Escribe Iván Redondo en La Vanguardia algo sobre el futuro del terror. No solo se refiere al triunfo de Donald Trump, sino a lo que se nos viene en Alemania y Francia y lo que ya está instalado en algunos países europeos. Habla de bienestar económico y malestar social, de sensación de desamparo y de otros problemas que hacen que el mundo cambie de sentido. Dice que Biden solo ha sido un impasse, aunque muchos piensen que solo ha servido para que el trumpismo entre con más fuerza. No sé qué hubiera ocurrido si el republicano hubiera consumido sus ocho años de mandato, que es el límite contemplado en las leyes. Hoy estaría en su casa, pero no debido a una derrota electoral, sino a la aplicación directa de la Constitución. Habla de una Marine Le Pen gaullista y una Meloni demócrata cristiana, y esto es regresar a viejas fórmulas que conformaron gobiernos en Europa sin el riesgo del autoritarismo que se les achaca. Una debilitación del progresismo en la escena política solo es una catástrofe para el progresismo, y esto debería ser considerado como algo normal, producto de la alternancia democrática, como se ve desde la realpolitik. Es difícil contemplar estas cosas desde la serenidad, sobre todo cuando se han llevado a cabo experimentos extraños para la conquista del poder. El relato de que en nuestro país se hiciera una moción de censura hace seis años con una intención ejemplarizante nos obliga a preguntarnos ahora ¿a costa de qué? El balance no es muy positivo como, para Iván Redondo, tampoco lo ha sido la legislatura de Biden en Estados Unidos. Habla de algo novedoso en su artículo, y es que la culpa de todo lo que nos pasa no la tiene la desinformación. La desinformación es la excusa y, a la vez, la tentación de incurrir en intentos de autoritarismo desautorizando a las opiniones de ciertos medios mientras se ejerce el control férreo sobre otros. En España, llevamos unos pocos años sintiendo el peso de salvar a Europa cuando lo que tenemos que procurar es salvarnos a nosotros mismos. La crisis de Valencia se intenta cerrar con un incremento de la colaboración entre las administraciones, dulcificando los enfrentamientos y dejando que sea la parte más radical la que exija dimisiones, como si estuviéramos ante un gran pacto de Estado. Se nota el mal momento por el que está pasando Sumar, sometido a la presión de un Pablo Iglesias que pretende volver a ser el protagonista exclusivo de la radicalización. De Puigdemont apenas se habla y se vislumbra una tendencia a la prudencia, situando a Abascal en el mismo nivel de intransigencia que el de la extrema izquierda. Este último saca pecho diciendo que es amigo de Orban y Orban es el representante de Trump en Europa. Nada de esto es así. El puzle internacional hay que reconstruirlo, pero nunca con estos personajes. No representan la realidad. Hemos asistido a una campaña esperanzada en el triunfo de los demócratas, pero a los demócratas los han barrido del mapa. Es hora de ser prácticos e ir pensando en otra cosa. Iván Redondo tiene razón: el problema no está en la desinformación, el problema consiste en continuar con el relato equivocado.
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