En Alemania se rompe la coalición de Gobierno, Venezuela pide a la Interpol una orden de detención contra Edmundo González Urrutia y Donald Trump arrasa a los demócratas en EEUU. Ya no se habla de Netanyahu ni de Hamas ni de Hezbolá. Ahora estamos en otra cosa. El mundo cambia cada día, y lo hace a mayor velocidad que el giro del planeta. Como sigamos así salimos todos despedidos por la fuerza centrífuga. En algunos ambientes se dice que sufrimos un exceso de información, pero yo creo que se trata de una desinformación calculada: una avalancha de noticias que, por su densidad y frecuencia, no nos deja digerir una antes de que se interponga la otra. Lo que discutíamos hace 15 días se ha quedado obsoleto, y no nos da tiempo a analizar si era verdad o mentira, dada la urgencia con que el tema se sustituye. La Historia no tiene así oportunidad de escribirse, ni siquiera de comprobar la certeza de los hechos. Cada cual fabrica su versión según le convenga y lo que hoy era un cambio climático mañana será una entelequia, y lo que son unanimidades se convierten en opiniones sectoriales. No existe aquello de lo que no se habla y si dejas de salir en la televisión es que estás muerto. El mundo se ha convertido en una aceleración enloquecida de sustituciones y en esa vorágine vivimos, sin ocasión para desprendernos del despiste que supone atender a unos o a otros un día sí y otro también. Sin embargo, tengo la seguridad de que algo funciona sobre esquemas inalterables, una corporación superior que nos manipula y nos controla: la que dispone de los mecanismos digitales para hacernos cambiar de parecer continuamente. A eso lo llaman tensionar los profesionales del ramo, y es el acelerador de nuestro pulso vital para convertir a la estabilidad en una sensación momentánea que puede alterarse al instante siguiente. Ahora empiezo a entender lo de “Quién maneja mi barca”, que seleccionó Alfonso Guerra para representarnos en Eurovisión. Pablo Iglesias anuncia la radicalización de la izquierda. Ese es el espacio que le dejan y para el que tendrá que volver a dejarse la coleta y abandonar Galapagar. Alemania, Venezuela y EEUU parece que han provocado el grito de sálvese quien pueda. Y encima lo de Valencia. Ana Rosa Quintana y Sonsoles Onega compiten por las audiencias cuando lo de Motos y Broncano parece haberse enfriado. Lo de quién maneja mi barca es difícil de saberlo cuando navega entre aguas turbulentas. Ni siquiera el puente de Simon y Garfunkel es seguro, ni el de Chabuca. No hay ninguno fiable que nos haga cruzar al otro lado. Tampoco el que se construyó sobre el río Kwait, que acabó demolido. A pesar de todo, la costumbre dice que de las crisis se desemboca en fructíferos periodos de estabilidad y de paz, cuando se reconstruye lo que fue víctima del desastre y la sociedad busca el camino que supone el reconocimiento de los errores. Este siglo XXI no ha entrado con buen pie, y eso que dicen que la era Acuario era de paz y de armonía. La esperanza la tenemos en ese espontáneo movimiento del pueblo salva al pueblo. Lo peligroso es la demostración de que el mundo puede seguir adelante sin los políticos, y esto está empezando a alumbrarse cada vez con mayor nitidez.
