tribuna

Tiempo de castañas

Íbamos a la venta de Pepe El Gago y don Luis Ramos traía un papelón de castañas asadas. Una mujer las vendía en la esquina. Era otoño, próximo a San Diego. Sólo se fugaban en La Laguna y un grupo de amigos pensaba en grabar un disco con el nombre de Los Sabandeños. Todas las cosas tienen un principio. Ya somos pocos los que estamos de pie. El tiempo se nos va entre las manos y la memoria también. En la otra esquina estaba su hermano, Michel, y Miguel El Napi le mezclaba el millo para moler con el de las gallinas y él miraba por un agujero de la madera mientras preparaba un plato con chorizos de perro para hacerlos arder en el alcohol. Ha pasado tanto tiempo. Las cosas no son iguales. Hace poco vi a Elfidio. Iba en una silla de ruedas. Estábamos en una sala del convento de Santo Domingo presentando un libro de Juanito Cruz con dibujos de José Luis. Esto fue el seminario, donde daba clase don Víctor del Valle, que se sabía la Biblia de corrido y por las tardes jugaba al ajedrez en El Refugio con el orfebre Molina, que fue el maestro de Ventura Alemán. El tiempo está para castañas. Ya hace fresquito y las están cogiendo en El Ravelo, donde los árboles estaban cuajadaos la última vez que los vi. Todos los meses quedamos para comer los pocos que quedamos. Checho no creo que venga porque está malito. Checho inventó ese repique de las púas en la isa, que hacía en el Hogar Canario cuando estudiaba en Madrid. De pequeños, muy pequeños, vivíamos casi al lado. Debía ser en 1949, cuando murió mi padre. Don Leoncio Bacallado tenía allí su negocio de Suministros Agrícolas. Nosotros vivíamos en el número 42, donde ahora está Wehbe. Manuel El Campanero les daba clases de cuerdas y los tres hermanos tenían un trío que tocaba El sitio de Zaragoza. Yo estaba enyesado con una coxalgia y venían a verme. Lo tocaban y se los hacía repetir. No sé por qué ahora, tiempo de castañas, me acuerdo de estas cosas. Quizá porque hay gente que me dice: escribe sobre eso, nos hace bien a todos recordar.

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