por qué no me callo

2025: ¿qui lo sa?

Mañana nos vemos el próximo año. La de hoy es la última página de este libro de 366, porque era bisiesto, algunas de cuyas vivencias atroces lo convirtieron en un año noir.

Este fin de año, por tantos motivos, urge celebrarlo cuanto antes, con las doce campanadas, las doce uvas y si te vi no me acuerdo, 2024. ¡Bienvenido, 2025! Se le hace el rendibú de marras y a verlas venir.

Si nos fiamos de las supersticiones, los años pares han salido peores últimamente. 2008: Gran Recesión. 2020: pandemia. Pero no hay una regla fija. También ha habido impares infames.

En este punto, se hace inevitable que tomen la palabra los videntes, la Baba Vanga y los Nostradamus de nuevo cuño. Como siempre, conviene tomar con tiento las profecías de los amigos de las bolas de cristal, cuyo oficio nos despierta a veces un sentimiento de compasión, porque ellos, al menos, se la juegan. Cuando griegos y romanos, estaban el oráculo de Delfos y aquellos sacerdotes que, con un pie en la roca, hacían los agüeros examinando las entrañas de los animales sacrificados. Ojo, que se pondrán de nuevo de moda los Rappel, porque la gente demanda vaticinios y puros humeantes. Y el terreno está abonado, son tiempos de los fakes, los bulos, el fango y los posos del café.

Venimos de lidiar con apocalipsis y armagedones en boca no de chiflados, sino de presidentes de potencias jugando con fuego, y hasta el papa se ha mojado en el tema como exorcizando a los líderes posesos.

Si los oráculos volvieran a abrir, aunque ya no fuera Apolo quien tocara la lira entre musas y náyades, habría colas desde su reapertura. Algunas cosas que pasaron en 2024, de haberlas pronosticado una pitonisa mascando hojas de laurel, no las hubiéramos creído. Que España iba a ser el país con la mejor economía del mundo desarrollado, dejando atrás a Alemania y Francia, habría sonado a chiste, a chiste malo. O que ganaríamos la Eurocopa con Lamine Yamal y Nico Williams, con Pedri y Ayoze representando a Tenerife…

Los supuestos ahora, de índole casera, serían estos dos: que el Tenerife se salva en 2025 y que los menores del desierto calcinante pisarán las calles peninsulares y evocarán a sus hermanos ausentes que murieron antes (como si nos cantara de fondo Pablo Milanés). Otras son las grandes cuestiones más allá de nuestras fronteras: que se hace la paz en Ucrania y Oriente Próximo; que se logran vacunas para el cáncer y el alzhéimer; que Juan Carlos y Puigdemont se vuelven a España, o que Mazón no dimite, lo hacen dimitir a la enésima manifestación. Y cosas por el estilo.

¿Qui lo sa?

Esta expresión (quién lo sabe) era un buen recurso para no cogerse las manos. Ahora hay mil y una conjeturas en los círculos agoreros, según he podido comprobar haciendo una lectura rápida. Dicen que será el año de la presentación en sociedad de las eventuales civilizaciones extraterrestres, una vez las autoridades declaren oficialmente su existencia. Ahí es nada.

Algunos expertos, en sus profecías académicas, parecen coincidir en que 2025 será el año clave de la digitalización global, con la Inteligencia Artificial a tope en las empresas y la vida cotidiana, poniendo a prueba todas las costuras, incluida las de la democracia tal como la hemos conocido hasta ahora. Es como si la caída del telón del mundo de Jimmy Carter, el último centenario de Occidente que se fue en 2024, diera paso a otra película imprevisible.

Me llama la atención que algunos informes predictivos auguran que hay una alta probabilidad, como decíamos, de cura efectiva para el cáncer este año inmediato, así como avances para el alzhéimer. España es uno de los países más optimistas en ese sentido. Pero no menos impacta que el 41% de los españoles (el 49% global) piense que se usará un arma nuclear en algún conflicto. Y es que somos la nueva psique de un mundo en guerra.

Los gurús más ortodoxos aventuran que la ciencia y la medicina van a dar un acelerón. Algunos dan a los plásticos por extinguidos a cargo de la nanocelulosa. Otros, fieles a las quimeras del niño interior, predicen el desarrollo de la telepatía y hasta de la teletransportación cuántica, sin olvidar, ya puestos, un posible boom de chips implantables en nuestros cerebros cobayas. Y, dado el poder de almacenamiento que adquieren las baterías eléctricas, especulan con la irrupción de modernos vehículos aéreos y terrestres impulsados por este método.

Una cosa hay que decir, de antemano, y es que 2025 culminará el primer cuarto de este siglo XXI. Y la otra es que Dios nos coja confesados.