tribuna

Kafka y el rey

La bailarina Eduardova aparece en el sueño de Kafka con flores prendidas en el cinturón. Dice que son regalos de todos los reyes de Europa. Luego va en el tranvía acompañada de dos violinistas. Cuando le apetece, tocan y ella baila, y los pasajeros están encantados mientras no les pasen el platillo. Lo de las flores de los reyes me recuerda a la chica de las piernas largas, coleccionando regalos que siempre le parecen poco. El cuerpo no tiene precio. A veces, pienso en ese Juanito endeble viviendo una infancia melancólica, sin un futuro donde ubicarse. La vida le llevó por un camino de errores que eran la única manera de zafarse de su destino previsto de antemano. Hizo lo que pudo y se aprovechó de lo que pudo. Ahora lo imagino rodeado de sus amigos árabes, soñando con lo que no fue. Por su memoria pasan traiciones a sí mismo y debilidades pesando sobre su conciencia. Le voy a enviar esto que escribió Kafka en su diario sobre la Eduardova, con las flores regaladas por todos los reyes de Europa. Quizá así se justifique al comprobar que sus iguales siempre han tenido una debilidad por las bailarinas. Ahora estamos en Navidad y me acuerdo de él, asomándose detrás del general sin saber muy bien qué estaba haciendo allí, siempre bajo la tutela de un director dispuesto a tapar sus deslices. Lo imagino solo, aislado, igual que el arpa de Becquer en el ángulo oscuro de un rincón. Todos los que se acuerdan de él lo hacen para mal, pero él piensa que los demás le fabricaron una conciencia para justificarse y después lo dejaron solo. A mí me enternece, a pesar de saber que esto no va a ser comprendido. Al fin, ha tenido suerte porque a muchos como él les han cortado la cabeza. Lo mejor es pasar desapercibido en la vida. No enseñar demasiado, por si acaso. Dice Kafka que Eduardova en la calle no es tan guapa como parece, que es ancha y tiene el talle alto. Yo no la he visto, pero me la imagino. Puede ser uno de esos símbolos que arrastran al pueblo sin salir del cuadro, el ímpetu de lo incontenible, la medida de las pasiones que le están permitidas a unos y restringidas a otros. Juanito está llorando en un rincón, encogiendo las piernas que salen como dos resortes de sus pantalones cortos. Yo también los llevaba con una chaqueta y una corbata. Ahora parece raro, pero era así. Es Navidad y en el desierto hace frío por las noches. Dicen que hay muy buen nivel de vida en Abu Dabi. Me lo dijo un taxista que tiene a una sobrina trabajando allí y dice que no se vuelve ni loca. No sé por qué estas fiestas familiares me han conducido a escribir esto. Quizá no sea otra cosa que el afán de descubrir una realidad diferente en medio de la condena general. Me siento mejor así. La culpa es de Kafka y de su sueño con la Eduardova.

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