La Casa Real, a la que, de vez en cuando, conviene llamar la Jefatura del Estado, mide cada año el mensaje de Navidad de Felipe VI con precisión milimétrica. No sólo hay que escuchar las palabras sino estar pendientes de los movimientos de la cámara y de los elementos que se incluyen como atrezzo en la escena. Este año han sido escasos, pero explícitos, quizá con la intención de no estorbar la simplicidad del mensaje. El rey no ha ocupado siempre el centro de la imagen. Sólo cuando el zoom lo acerca a un primer plano, que en el lenguaje cinematográfico significa que va a decir algo importante. A la derecha hay una mesa con un ejemplar de la Constitución, encuadernado en rojo con ribetes dorados, y la foto de Paiporta que simboliza su triunfo en la conexión con un pueblo que sufre. Una referencia de valor extraordinario. Más allá las banderas de España y de Europa, presentes en una llamada al fortalecimiento de la democracia liberal, advirtiendo del riesgo que se corre amparando a otros modelos que nada tienen que ver con ella. España y Europa ha sido una idea fuerza a lo largo del discurso, dejando claro que ése es el marco donde se garantiza el sistema. A la izquierda se muestran los signos de una unificación cultural de los valores cristianos tradicionales. El árbol y la familia sagrada fuera del portal, que empieza a aparecer cuando se habla de migración y de vivienda. Expresa el desarraigo y la carencia de cosas imprescindibles para la vida, representada por una pareja que tiene que ir a una cuadra para dar a luz, un grupo de refugiados que instauran los pilares de nuestra tradición religiosa, política y social. No ha habido alusiones, como en otras ocasiones, al desentendimiento territorial. La advertencia se centra sobre los bloques ideológicos. El discurso termina con las inundaciones de Valencia, que es donde comienza, y otra vez la foto de Paiporta, humanizando el ambiente. Hay quien dice que fue diferente al balance triunfalista del día anterior. El contraste puede hallarse en la palabra humildad. Jonathan Brown, en su libro sobre Velázquez, comparaba la figura del rey Felipe IV con la de su primer ministro, el Conde Duque de Olivares. El rey se presenta de pie, humilde como lo haría un viejo rico al que la presunción le importa poco. Olivares está sobre un caballo haciendo una cabriola, empuñando un cetro, que eleva hacia el cielo y con la banda de general flotando en el aire, ondeada por el viento. Aparentando lo que no es. Una imagen vale más que mil palabra
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