tribuna

Confianza y censura

Los españoles sufrimos las consecuencias sociales y políticas de una cultura intensamente nominalista, una cultura que presupone que si cambiamos el nombre de la cosa, esa cosa cambia su naturaleza. Por ese motivo, en la escena política asistimos con frecuencia a enfrentamientos nominalistas de nuestros políticos y nuestros partidos que, en muchas ocasiones, sólo se proponen enmascarar la realidad de lo que se pretende. Sorprende mucho, entonces, el descuido con el que los medios de comunicación, los numerosos periodistas, tertulianos y presuntos politólogos que ejercen de comentaristas políticos emplean los términos propios de ese análisis. Estos días, por ejemplo, asistimos con desagrado a la continua reiteración de un disparate muy utilizado: “Moción de confianza”. No, la confianza no puede ser una moción porque las mociones son iniciativas parlamentarias, y la confianza consiste en una pregunta que el presidente del Gobierno le hace a la Cámara por propia iniciativa sobre si continúa contando con la confianza que le otorgaron en la investidura. Es una pregunta, y por eso se denomina “cuestión”, es una competencia exclusiva, excluyente e indelegable del presidente, que la gana simplemente si obtiene más votos positivos que negativos, y su pérdida le obliga a dimitir. Es impensable que Pedro Sánchez se arriesgue a presentarla, y Puigdemont lo sabe y sabe que la alternativa es un Gobierno de los populares condicionados por Vox y presidido por un incompetente que nunca lo apoyaría. Está jugando a la política, como siempre hace cuando afirma y promete cosas que nunca cumple.

Por el contrario, la censura sí puede ser denominada “moción” porque es una iniciativa parlamentaria que pretende sustituir al presidente del Gobierno. La Constitución española configura una moción de censura “constructiva” porque obliga a presentar junto a la censura un candidato a sustituir al presidente. En el caso de prosperar la censura, para lo que necesita la mayoría absoluta de la Cámara, ese candidato sustituiría al presidente, y para él la censura se convertiría en investidura. La moción de censura “tradicional”, sin candidato alternativo, produce una gran inestabilidad política, porque el Gobierno queda en funciones indefinidamente, pero la oposición no se pone de acuerdo en su sustituto. Una moción constructiva derribó al Gobierno de Rajoy y lo sustituyó Pedro Sánchez.

Estos días tenemos otro ejemplo del mal uso del lenguaje político cuando denominan “investidura” a la toma de posesión de Trump. En la forma de gobierno de división rígida de poderes, forma presidencialista, propia de los Estados Unidos y muchos países americanos, el presidente es simultáneamente el jefe del Estado y el presidente del Gobierno y resulta elegido directamente por el pueblo, lo que le proporciona un poder de decisión máximo. En contrapartida, no puede disolver el Parlamento ni convocar elecciones, que son siempre en la misma fecha. Es decir, no hay investidura parlamentaria.

Los comentaristas sobrevenidos deben estudiar más porque con sus disparates terminológicos confunden a la opinión pública, que termina por no entender nada y cambia de canal.

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