tribuna

Hagan juego, señores

Los gimnasios están a tope, los mayores van a yoga y a pilates y las redes se ven llenas de ofertas de dietas. Sin embargo, si pides hora para el psiquiatra o el psicólogo te la da para dentro de varios meses. Sufrimos unas dosis elevadas de cortisol y esto afecta a nuestra salud mental. Algunas personas creen que se les pone cara de torta por no tener regulada la producción de esta hormona. No sé si están feos porque se deprimen o se deprimen por estar feos. Lo cierto es que andamos preocupados por estas cosas en un mundo donde no acabamos de quedar igualados. Yo tenía un amigo bajito y pícnico que envidiaba a los altos y atléticos. No se daba cuenta de que la población se repartía al 50% en estas alternativas, y a él le había tocado en una de las dos casillas, las de las suertes sencillas de la ruleta: el rojo y el negro, el par y el impar o el pase y el manque. En una de ellas, caerá la bolita y en una de ellas nos situará la vida para nuestra fortuna o nuestra desgracia. La verdad y la mentira de Campoamor están en la misma situación que las casillas de la ruleta. No tiene que ver con tus niveles de cortisol, sino con una misteriosa predisposición a ver las cosas en un sentido o en el contrario. Lo que es verdad para unos es una falsedad para otros, igual que los que perdieron al rojo sirvieron para pagar a los que ganaron en el negro. Pepe Sáenz de Oíza iba al casino a jugar dos mil pesetas. Utilizaba la serie de Fibonacci para apostar a las suertes sencillas. Casi nunca perdía y, aunque no era mucho, solía irse con algunos dividendos positivos. Jugaba sobre lo seguro, como hacen algunos que tienen la mente estructurada matemáticamente. Yo creo que se equivocaba dejando en su casa a su mujer, a la que llamaba miss Argüelles, y que era guapísima. Ignoro cómo estaba de cortisol. La ruleta francesa, o la americana, que es más rápida, son juegos democráticos. Da igual que te sientes a la derecha o a la izquierda del croupier, las oportunidades de ganar o de irte a la bancarrota son las mismas. El cálculo de probabilidades abarca desde 1/2 hasta 1/36. Lo único cierto es que está pensado para que siempre gane la casa. De qué sirven las divisiones si al final la vida se abrirá paso para seguir adelante. Tenemos un juego de 36 escaques más el cero. Podríamos imaginar otro de la casilla 37 a la 73 que nos parecería diferente, pero seguiría siendo el mismo. Para cambiar drásticamente nuestros modos de vida, nos tendríamos que ir al bacará o al chemin de fer. Entonces, nos la estaríamos juagando con la ruina con el mismo riesgo que el que se hace un selfi a la orilla de un barranco. He leído esta mañana en El País que somos feos por culpa del cortisol y me ha dado por pensar en todas estas cosas. No tienen nada que ver con la política, pero, a poco que nos fijemos, le encontraremos un símil. Mi confianza se basa en que, a pesar de todos los pesares, siempre ganará la casa.