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Obvios y previsibles

España tiene una forma de gobierno parlamentaria de división flexible de poderes, en la que los tres poderes se influyen mutuamente a partir de un presidente del Gobierno no elegido directamente por el electorado sino por el Parlamento, que tiene un poder de decisión en última instancia. En esta forma de gobierno, el jefe del Estado es un símbolo de la unidad y permanencia del Estado, pero sin un poder real de decisión. Y ello con independencia de que su forma política sea monárquica o republicana. Es la forma de gobierno de la mayoría de los países europeos junto con España, como el Reino Unido, Alemania o Italia. Por el contrario, en la forma de gobierno de división rígida de poderes o forma presidencialista, propia de los Estados Unidos y muchos países americanos, el presidente es simultáneamente el jefe del Estado y el presidente del Gobierno y es elegido directamente por el pueblo, lo que le proporciona un poder de decisión máximo. En contrapartida, no puede disolver el Parlamento ni convocar elecciones, que son siempre en la misma fecha; en los Estados Unidos, por ejemplo, el primer martes después del primer lunes del mes de noviembre cada dos años (cada cuatro en las elecciones presidenciales). Algunos países, como Francia o Portugal, tienen una forma mixta, en la que el jefe del Estado y el presidente del Gobierno comparten cuotas de poder.

Se entiende entonces que el mensaje de Navidad del rey y las reacciones al mismo de las distintas fuerzas políticas sean obvios y previsibles. Un mensaje acordado por el Gobierno y que, en un sistema parlamentario, no puede ser más que un breve conjunto de buenos deseos sin la menor incursión en la política. Se suele citar el caso del mensaje navideño de la reina Isabel que, en su momento, ni siquiera aludió al brexit el año en que había sido decidido.

En este sentido, lo más cerca de la política que estuvo el rey fueron sus llamamientos al respeto institucional y la concordia entre políticos y partidos o sus alusiones al problema de la vivienda y los jóvenes, junto a menciones obligadas a la sanidad, la educación o los valores de la democracia, y al margen de anécdotas como la grabación del mensaje en el Palacio Real y no en La Zarzuela, igual que en su primer mensaje, en conmemoración de sus diez años de reinado. Sus apelaciones recurrentes a la Constitución eran también de esperar.

Como se suele decir, el rey reina pero no gobierna, y Felipe VI ha coincidido con un presidente del Gobierno que ha llevado esa expresión a su interpretación más radical, y lo ningunea sistemáticamente. Pedro Sánchez interrumpió la costumbre institucional, siempre respetada por sus antecesores, de despachar todas las semanas con el jefe del Estado en el Palacio de La Zarzuela. Y ningún ministro le ha acompañado en las tomas de posesión de los mandatarios iberoamericanos. Su ausencia en los actos de París en la catedral de Notre Dame, a los que había sido expresamente invitado, no ha sido aclarada.

Todo lo que hace o dice el monarca fuera de su ámbito familiar es obvio y previsible. También es obvio y previsible que suscita la enemiga de los nacionalistas independentistas y de la izquierda que sostiene al Gobierno, mientras que a Vox no le convence. Y la distancia con Pedro Sánchez es evidente. La política española actual es muy obvia y previsible.