Tenemos buen tiempo, o malo, según se mire, porque tener 13 grados a las 9 de la mañana en este enero de La Laguna a muchos no les parece normal. Va a ser verdad eso de que hay cambio climático en invierno y calentamiento global en verano y así nadie se siente decepcionado. Ha amanecido despejado y en calma y yo me acuerdo de la zarzuela: “Por qué, por qué temblar, si el cielo está sin nubes y azul está la mar”. No es el tiempo en el que Aureliano Segundo viaja en un tren lleno de muertos y todo se pospone a que deje de llover en Macondo, donde lleva meses y hasta años sin dejar de hacerlo. La cosa está tranquila, pero no puedo evitar recordar cuando llovía y nos quedábamos dos semanas dentro de la casa, y la huerta se llenaba de barro y tenían que pasar otros quince para que se secara, y veíamos llover detrás de los cristales, inventando juegos para no salir, y nos poníamos en la ventana, junto a nuestra madre, a ver los relámpagos y a contar los segundos hasta que sonara el trueno. Poníamos botellas de agua caliente dentro de las camas para secar la humedad que impregnaba las sábanas y rezábamos el rosario todos juntos para darle tiempo a que llegara el calor. En casa oíamos el granizo rebotar sobre las losas del patio, y en casa de mi tío Pepe lo recogían para hacer helados en una heladera forrada de corcho a la que no había que dejar parar haciendo girar un veo. Había un piso de madera forrado de hule y, cuando lo destapamos, descubrimos una colección del Blanco y Negro que estaba intacta. Era un dormitorio inmenso que tenía dos enormes ventanas: una que daba al este, por donde entraba el sol de la mañana, y otra al norte, por donde veíamos los rayos sobre el Monte de las Mercedes. Enfrente, unas casas terreras y detrás el templete de la plaza del Cristo. La plaza era un gran charco durante todo el invierno y los chiquillos íbamos a chapotear con los chanclos y los soldados no salían a hacer la instrucción. Las mulas que cargaban las baterías de montaña iban al camino de las Peras para entrenar sus movimientos con los acemileros, y, cuando oían al corneta tocar fajina, levantaban las orejas y salían corriendo hacia el cuartel sin que nadie las pudiera detener. Unos años más tarde, bien entrados los 60, vino lo de “Tenerife tiene seguro de sol”, y yo ya tenía más de 20 años y me presentaba al festival del Atlántico, que organizaba José Antonio Lubary en el Puerto de la Cruz. Vivíamos en un mundo sin trampas y sin engaños. Quizá porque el engaño consistía en que no nos enteráramos de nada, pero así eran las cosas y la aparente felicidad se basaba en la ignorancia. El tiempo, como siempre, nos haría ver la realidad, o lo que creemos que es la realidad, mientras el conocimiento se iba apoderando de nuestras mentes. Así hemos seguido, tomando el lento aprendizaje de la época que hemos vivido, entendiendo lo que significa el torpe aliño indumentario de Antonio Machado, aprendiendo que en la humildad se encuentra la sabiduría, y que ésta consiste en saber que nos iremos ligeros de equipaje. Hoy me ha dado por escribir estas cosas porque la mañana está en calma, no hay nubes en el cielo y el mar está azul, como en la canción. Entonces, para qué temblar.
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