Víctor Pablo Pérez (Burgos, 1954) se puso el viernes al frente de la Sinfónica de Tenerife en el auditorio de la capital tinerfeña y hoy domingo lo hará de nuevo en el Alfredo Kraus de Las Palmas de Gran Canaria. En ambas ocasiones, para interpretar la Sinfonía nº 6 en la menor de Gustav Mahler (1860-2011) dentro de la programación del 41º Festival Internacional de Música de Canarias (FIMC). Sobre la obra del compositor austrobohemio, que ha requerido un despliegue de más de un centenar de músicos; acerca del FIMC y de la orquesta de la que antes fue director titular y hoy es honorario, así como del talento emergente que hay en España, que podría ejemplificarse con la Joven Orquesta de Canarias (Jocan), de la que es su director artístico, ha tratado este diálogo con DIARIO DE AVISOS.
-Se ha puesto al frente de la Sinfónica de Tenerife para interpretar ‘la Sexta’ de Mahler. Una obra de gran complejidad.
“La Sexta es una sinfonía torturada que presagia los graves reveses que tuvo Mahler al año siguiente de su estreno. Se presenta por primera vez al público en 1906 y el compositor sufrió muchas desgracias a partir de 1907. Se le muere una hija de difteria, le hacen dimitir de la Ópera de Viena y le diagnostican una grave enfermedad cardiaca. Todo esto, de algún modo, se refleja en la sinfonía un año antes, a pesar de que 1906 fue feliz para él. Esas desgracias y contratiempos figuran en la Sexta a través de símbolos. Quizás el más importante es el uso de un instrumento de percusión que él, en cierta manera, inventa: un martillo que simboliza el destino, como una suerte de hachazo en su vida. Este gran martillo, muy aparatoso, alude a esos tres golpes del destino. Aunque luego, por superstición, reduce a dos. Pero hay más símbolos: unos cencerros que suenan en la distancia, que expresan la soledad; un xilófono, que es la risa del diablo; unas campanas dentro y fuera de escena, que se refieren a la religión… Y hay un acorde mayor-menor, muy seguido, que representa la catástrofe vital que se le viene encima. Hay quien dice, como el filósofo Theodor Adorno, que también es uno de los grandes musicólogos de la historia, que la Sexta de Mahler presagia la llegada del nazismo”.
-¿Cómo ha sido el proceso de ensayos? ¿De qué modo se desarrolla esa labor de poner de acuerdo a tantas personas sobre una misma idea musical?
“Explicando tranquilamente, muy despacio, cada uno de los símbolos, qué significan y su porqué. El principio de la sinfonía, el primer movimiento, es una marcha siniestra, inexorable, fúnebre. He explicado a los músicos que está basado en una célula rítmica que Mahler emplea en un lied llamado Revelge. Es la imagen de un esqueleto que camina por la calle a la vez que canta: tralará, tralará, tralará. Este símbolo sirve para hacer comprender a la orquesta cómo ha de ser el sonido inicial, el que quiere Mahler. Era un compositor de un detallismo feroz, casi enfermizo, y distingue perfectamente entre poner un forte, dos fortes, tres fortes, entre poner un pianissimo o dos o tres o cuatro… Desciende a tanto detalle que solo atendiendo con rigor a las muchísimas indicaciones que escribe tenemos ya el 70% de la obra. Y luego, claro, hay que darle sentido a esa música, porque la música no son únicamente las notas, sino también lo que hay entre una y otra”.
“Con la Jocan he querido devolver a la sociedad canaria al menos una parte de lo mucho que me ha dado”
-’La Sexta’ es conocida también como la ‘Trágica’. Un sobrenombre que no le gustaba mucho a su autor. Pero sí que hay consenso en que posee ese tono pesimista del que hemos hablado. ¿Cuál es la lectura que usted hace de esta obra?
“Sí, más que trágica, diría que es una sinfonía torturada. Mi lectura es la que creo que está implícita en la partitura con todos esos símbolos. Ese primer movimiento, una marcha siniestra, terrible. El segundo, que en un principio era el tercero, es un bellísimo andante, muy triste, melancólico. Sin embargo, con el tercero regresa el ritmo feroz, que bascula entre lo trágico y lo violento y, a la vez, curiosamente, contiene un inocente juego de niños, un juego caprichoso y desordenado. En el cuarto es donde realmente está la esencia de esta sinfonía, el destino, lleno de supersticiones, con esos dos golpes brutales de martillo que son las sombras, el vacío, los temores, las tinieblas… Hay una melodía nada más empezar este cuarto movimiento, a cargo de los violines primeros, que se repite en cuatro ocasiones, de un modo distinto pero muy similar, que expresa desesperación e impotencia. Es una sinfonía de una intensidad sorprendente”.
-Prácticamente desde un principio, desde que asumiera en 1986 la dirección de la Sinfónica de Tenerife, ha asistido al nacimiento y la evolución del Festival Internacional de Música de Canarias. ¿Qué papel desempeña hoy el FIMC en el calendario nacional de festivales y, desde el otro lado, qué aporta a la cultura en el Archipiélago?
“Nació con la vocación de ser el gran festival de invierno, en España y en Europa. Con el objetivo de atender a la enorme cantidad de británicos y centroeuropeos que visitan el Archipiélago, y mostrar que aquí hay un nivel cultural importante. A raíz de eso se crean dos auditorios, incluso yo diría que hasta tres: el Auditorio Alfredo Kraus, el Auditorio de Tenerife Adán Martín y el Palacio de Formación y Congresos de Fuerteventura, que también puede albergar a una orquesta grande. Son 40 años de un festival que se ha consolidado en el panorama internacional. Hoy tiene un presupuesto menor del que poseyó en otros momentos, pero se aprovechan los recursos: va a todas las islas para que cualquier canario pueda gozar de la música clásica, ya sea en gran formato, en los lugares que lo permiten, o en uno menor”.
-En ese vínculo que tiene con la Sinfónica tinerfeña, de la que es su director honorario, ¿qué significa para usted cada oportunidad que tiene de dirigirla?
“Es volver, de algún modo, a los tiempos en los que estuve construyéndola. Ahora la Sinfónica atraviesa un momento de renovación. Más de la mitad de la orquesta se compone de jóvenes músicos y, por tanto, es también un momento para comenzar a consolidarse. Desde que nació el festival, cuando llegaban estos días, desde la etapa de Rafael Nebot como director del FIMC, se nos encargaban cometidos de una relevancia sensacional. Recuerdo que el primero fue nada menos que atender a Krystian Zimerman en El concierto para piano n.º 5 en mi bemol mayor, op. 73, Emperador, de Beethoven; y luego vino la Tetralogía de Richard Wagner [El oro del Rin, La valquiria, Sigfrido y El ocaso de los dioses], una ópera cada año; y más tarde llegaron el War Requiem, de Britten, la Octava de Mahler… En fin, teníamos que preparar muy a fondo los programas del festival. Eso sirvió para consolidar a la orquesta, que tenía que competir con las grandes formaciones del mundo y situarla en un nivel que la convirtió en el gran referente sinfónico nacional. Se parecía a las orquestas centroeuropeas cuando en España las cosas no estaban tan finas”.
“El FIMC se consolida como el gran festival de invierno, además de por llevar la música clásica a canarios de todas las islas”
-¿Cómo definiría a la Sinfónica hoy?, ¿qué sonido ofrece?
“Está encontrando su sonido, al haber tantos músicos nuevos, que además son muy buenos. Si hace 30 o 40 años los importábamos, ahora no. Hoy hasta es raro que se incorpore un músico que no sea español y de enorme nivel. Esa calidad se ha construido en España con un sistema de orquestas que en su momento importó músicos que han cumplido el objetivo: enseñar a las nuevas generaciones, además de hacer grandes conciertos. La Joven Orquesta de la Unión Europea o la Joven Orquesta Gustav Mahler, por ejemplo, tienen ahora hasta el 35-40% de intérpretes españoles. Eso no había ocurrido jamás. España es un país con un talento que, si se riega, si se apoya, brota con una generosidad asombrosa”.
-Este año cumple nueve la Joven Orquesta de Canarias (Jocan), un proyecto pedagógico y artístico que usted dirige. ¿Qué es lo que más le interesa de esta vertiente de su oficio que busca guiar a los jóvenes intérpretes?
“Al terminar mi etapa como director titular, en Galicia y luego en Madrid, decidí devolver a Canarias, a la sociedad canaria, al menos una parte de todo lo que me ha dado. Ese empeño, que además he de decir que ha sido seguido de un modo noble por el actual presidente del Gobierno regional, Fernando Clavijo, con el que empezó este proyecto, tuvo y tiene como objetivo preparar a los jóvenes, brindarles una especie de gran máster para su entrada en las orquestas profesionales. Y eso se está cumpliendo en orquestas nacionales e internacionales. Es un trabajo esencial: reunimos a los jóvenes músicos y les brindamos un profesorado nacional e internacional, también para que tengan un contacto de primera mano a la hora de irse a estudiar fuera de Canarias y de España”.
-¿Cuál sería la prioridad, en ese sentido, de la enseñanza musical en España para apoyar ese talento emergente?
“En la Jocan estamos en la tarea de crear un equipo muy estable administrativamente para gerenciar bien la orquesta; tenemos el reto de conseguir un presupuesto mayor; existe un proyecto muy interesante de gira internacional, que esperamos que salga en 2026… El desafío, en suma, es ofrecer a los jóvenes una formación de la mayor calidad posible. Hacemos varios encuentros, uno sinfónico, con el gran repertorio, acabamos de hacer la Sinfonía nº 6 de Bruckner; otro de orquesta clásica, con Mozart, Beethoven, Mendelssohn…, y un tercero de cámara, donde ahí hay de todo. Creo que ese es el camino para formar a nuestros jóvenes y brindarles el bagaje y la serenidad que se necesitan para presentarse ante una orquesta profesional”.
“La esencia de ‘la Sexta’ de Gustav Mahler está en su cuarto movimiento: es el destino, con los temores, el vacío, las tinieblas…”
-¿En qué proyectos se halla embarcado en la actualidad? ¿Cuáles serán los próximos pasos en su carrera musical?
“Como digo, ya no soy director titular, pero sigo dando conciertos. He estado 40 años ininterrumpidos ejerciendo como director titular. En muchos de ellos, de dos orquestas a la vez. Eso representa una dedicación casi exclusiva. En ese tiempo tuve pocas semanas libres para poder dirigir fuera de España. Ahora lo próximo que dirijo es en Cataluña, con la Orquesta Sinfónica del Vallés; a continuación haré la Sinfonía nº 2 de Bruckner en Galicia; después, el Elías de Mendelssohn en Granada; también Shostakóvich y Grieg en Palma de Mallorca; hay conciertos previstos en Milán, en Parma… De manera que continúo con la actividad musical, pero ya sin la responsabilidad de ser director titular de una orquesta profesional, porque necesito un ritmo diferente”.





