Hoy la prensa habla de forma optimista y esperanzadora sobre las elecciones en Alemania. Se anuncia un pacto de moderación confiando en que esto signifique la salvación de Europa ante el crecimiento de los nacionalismos ultras. Todos dicen querer evitar escenarios del pasado. No en todos sitios se pretende imitar estos comportamientos políticos. Al contrario, en algunos tratan de reproducirlos, recordarlos, no perderlos de vista para hacer de la división una causa de resistencia en el poder.
Vivo en una burbuja donde las cosas me llegan a través del filtro polarizado de la información parcial. Por eso las opiniones no coinciden y mi visión de los asuntos europeos anda mediatizada sin poderse quitar de encima la influencia de lo circunstancial. El papa está malo, pero el papa es un resistente y saldrá adelante con la ayuda de Dios y de los médicos. Esto significa que hay que hablar de él y aprovecharlo para arrimar el ascua a la sardina. Iván Redondo dice en su columna de los lunes que el papa es sanchista, o que alguien se lo llama. En lo de la resistencia parece ser un atributo importante, en lo demás es una falacia que sólo se le ocurre a un idiota. No se puede comparar a alguien por el que casi toda España está rezando para que se quede, con otro por el que más de medio país ruega para que se vaya. No ha estado afortunado Iván Redondo. Podría haber aprovechado las elecciones alemanas, donde las encuestas anticipaban el resultado hace varias semanas, para decir que lo conveniente sería apostar por la moderación y rectificar en el comportamiento de bloques irreconciliables. Pero parece ser que de ahí provienen las fortalezas de alguien al que se le compara con el papa, o al papa con él, para más inri. Sánchez no imita al papa. Faltaría más que alguien irrepetible fuera el cliché de otra cosa que no fuera él mismo. Es el papa el que es sanchista, y Redondo se queda tan pancho.
Anoche, por casualidad, en el intermedio de una rondalla desafinada, vi una perorata de Iker Jiménez, en Cuarto Milenio, que hablaba de la cortina de overton. No suelo ver ese programa, pero el zapping me llevó hasta allí y me quedé a escucharlo. Dijo algo que me interesa. Cómo hemos caído en la trampa de lo políticamente correcto y estamos obligados a aceptar cosas que rechazamos, formas de pensar y costumbres, sólo para que no nos señalen con el dedo los descubridores de la modernidad y de la corrección. Cómo pagamos culturalmente la falta de reconocimiento por no pertenecer a esa capilla infranqueable que se ha levantado en torno a lo que consideramos apreciable, frente a lo despreciable. Creo que tiene razón. No es la primera ves que ocurre y en esas andamos, construyendo un mundo exclusivo para los elegidos correligionarios que poseen el monopolio de la verdad. De esa verdad que se lleva en el bolsillo acompañada de un postureo ideológico.
Después vi a Ana Belén con Évole, tan encantadora como la niña que conocí hace más de 50 años. Estamos tan mayores que el mundo ya no nos cabe en la memoria; pero no es verdad, siempre hay que tener un hueco para los buenos recuerdos, y hasta para perdonar los malos. Quizá debido a esto confío en el pacto de moderación que se avisa en Alemania, considero que Iván Redondo ha dicho una tontería aprovechando que el Papa está enfermo, Iker Jiménez acierta con su versión de la ventana de overton y Ana Belén sigue igual, aunque ya no tenga carnes para rellenar los vaqueros.

