tribuna

Celebrar la Transición

Ignacio Sánchez-Cuenca escribe que hay que celebrar la Transición y ejecuta la rocambolesca pirueta de afirmar que, como no se sabe cuándo empieza ni cuándo termina, lo mejor es adjudicársela a la fecha de la muerte de Franco. Este es un sofisma en toda regla porque, aplicando la misma argumentación, que no argumentario, podría haberse asegurado que todo empezó en la reunión de Múnich, pero a la reunión de Múnich no asistió el PSOE y sí la socialdemocracia, que luego se incorporaría a la UCD, de la mano de Fernández Ordóñez, y acabó incorporándose al proyecto de Felipe González, en 1982. También podría asimilarse a cualquiera de las manifestaciones estudiantiles, recuerdo las cargas a caballo de la policía en Barcelona a principios de los 60, donde se radicalizó Arturo Van den Eynde, y otras revueltas en La Laguna y en Madrid en esa época. ¿Por qué no fijar el principio de la Transición en esas fechas y no seguir empeñado en la muerte del dictador. Santos Juliá tiene un estupendo libro que habla de la Transición y la data en los tiempos de Manuel Azaña. Describe los esfuerzos de entendimiento y pacificación de las dos Españas antes de la Guerra Civil y después de ella. Sería interesante volver a leer a este historiador, supongo que respetado por todos, para darnos cuenta de que un espíritu de convivencia democrática ha estado siempre latente en los españoles. De igual manera ha existido una acción divisoria que pretende sacar beneficio en el río revuelto del enfrentamiento. Ahora estamos pasando por una de esas fases alternantes de la historia. Por eso alguien se empeña en emparentar a la Transición con la muerte, cuando la Transición significa el origen de una nueva vida, el triunfo de una tendencia esperanzadora que proviene de la imposición de una mayoría, que siempre estuvo amordazada en medio de los dos monstruos que se pelean a garrotazos en la pintura de Goya. Leo a Santos Juliá porque no veo un ápice de revanchismo en lo que escribe y porque aprecio su compromiso con la verdad sin ningún tipo de influencia ideológica. También lo hago con los diarios de Azaña y encuentro las reflexiones sinceras de un hombre extremadamente preocupado por lo que suceda en un país al que conoce bien. Hay ecuanimidad y autocrítica en sus palabras, y el dato más fehaciente para que Santos Juliá acabara diciendo que la Transición ya estaba allí, como deseo esforzado de algunos hombres de la República. Pero la República también tenía otras urgencias, revolucionarias en paralelo a otras respuestas reaccionarias, y esto nos llevó al desastre, pese a la conciencia de la necesidad de una Transición pacífica. Ahora nos dice el articulista de El País que celebremos la Transición, la que se produce el día de la muerte del dictador. Esto es más falso que un duro de chocolate. Lo peor de todo es que él mismo lo sabe. Ojalá llegue un día en que este país se lleve por la razón y no por el argumentario que le soplan al oído cada mañana.