de remplÓn

Del sentido de la vida

Tranquilos, no voy a mandarles un palicazo teológico. Soren Kierkegaard, con Temor y temblor, me libre de ello. Es que asistí a una conferencia sobre el sentido de la vida, que impartía la psiquiatra Maribel Rodríguez. Y dijo, y es en lo que quiero centrarme, que lo que da sentido a la vida siempre es algo que ya nos gustaba de niño. Y eso me hizo pensar. A mí me gustaba jugar al fútbol en la arena húmeda de la playa hasta que perdíamos la cuenta de los goles, el dibujo artístico, hacer entrevistas con un viejo magnetofón; observar por el microscopio de juguete, estudiar taquigrafía para ser periodista, escuchar la radio bien hecha, contemplar las estrellas, ser sacerdote, o maestro en una escuela unitaria de Fuerteventura, inspirado por las innovadoras corrientes pedagógicas del momento.

Ahora, lo que más me gustaba por encima de todo, era ir a la panadería de madrugada con mi madre. Ver a los panaderos en plena faena. Con las manos en la masa. El olor a leña, los panes antes de dorarse en el horno. El trajín de la panadería a esas horas de la madrugada, tenía para mí el aroma de algo parecido a la felicidad. El pan. Tanto es así, que experimenté con la masa madre, con la masa vieja, con los prefermentos como la biga o el poolish.

Quede claro que no tengo vocación de empresario panadero, ni jamás tuve mano para los negocios. En realidad, mi trayectoria profesional me la resumió un taxista en plena carrera Santa Cruz de Tenerife – La Laguna: Calero, yo no sé lo que cobra usted, pero a usted lo están estafando. Lo cierto es que admiro a quienes ejercen el viejo oficio de panadero, que sigue teniendo ecos de su antiguo encanto. Yo lo practico cuando nadie me ve. Me inclino por el pan minoritario, el pan de autor. Porque es un producto nada competitivo, que vive y se saborea en la más estricta de las intimidades culinarias, y da sentido a mi vida. Es el pan que enseña a elaborar Ibán (con b) Yarza y otros panaderos de élite como Xavier Barriga y Daniel Jordá.