Escribir un libro sobre la Guerra Civil sigue siendo garantía de éxito. No es un invento nuevo. Llevamos muchos años exprimiendo ese limón. Claro está que no todos los escritores lo hacen, pero es conveniente pasar por ese fielato para garantizarse el favor de cierta crítica. Todavía funciona. No creo que tenga que ver con un cálculo político, sino que el género da para mucho. En el fondo, los lectores prefieren que les cuenten algo que ya saben a entrar de lleno en la vida de personas que les son desconocidas. No sé si estos libros son aceptados en otros países, pero me temo que su consumo es más nacional. La novela psicológica, aparte de ser más universal, no tiene tanta acogida ente nosotros. Yo creo que esta tradición de contarnos los hechos que afectan a nuestra historia en forma novelada se consolida de manera extraordinaria a partir de Galdós. Galdós era un gran escritor que encontró el filón de narrar la historia a través de Gabriel Araceli. Araceli es un personaje cualquiera. No es un héroe como los que usa Homero para hacer el relato de la guerra de Troya. Una guerra es un escenario fantástico para la literatura, pero, una vez que ésta termina, surge un periodo de recuperación donde se construyen otros imaginarios más esperanzadores. Quizá debido a esto, el panorama de entreguerras originó el surgimiento de escritores fértiles que hicieron su campo de experimentación en otros territorios. Proust, Joyce, Faulkner, Miller… publican sus mejores obras entre los años 20 y los 30. Es un tiempo en que el mundo se ha dado un respiro para buscar una estética alejada de los campos de batalla y las reivindicaciones políticas. En España, Gabriel Miró se regodea en la belleza caduca de Orihuela o Sigüenza, algo que no tiene sentido fuera del compromiso que hay que adoptar para estar en lo políticamente correcto. Un caso especial es el de Juan Ramón Jiménez, que reniega de convertirse en el poeta social español para refugiarse en Moguer y escribir sobre un burro. La literatura ha pasado por etapas tormentosas y otras en las que la lealtad ha sido la inspiradora del éxito. Nadine Gordimer habló de esto cuando recogió el premio Nobel, en 1990, y eso que mostraba su lealtad al movimiento contra el apartheid en su país, Sudáfrica. Gabriel García Márquez aseguraba que el único compromiso que aceptaba era escribir bien; y Nabokov, en sus comentarios sobre la literatura rusa, deja bien sentado cómo actuó la mediatización del control político revolucionario en la calidad de un género que había alcanzado cotas altísimas en el XIX, con Tolstoi, Gógol, Chejov, Dostoyevski y tantos otros. En España, esta época de reseña dramática de nuestra historia se ha prolongado por más tiempo del necesario y no tiene visos de agotarse. Mientras existan palmeros, esto continuará así, por los siglos de los siglos. Hay quien afirma que es una característica muy española, pero yo creo que se trata, como en tantas otras cosas, y en tan diversas ocasiones, de andar con el pie cambiado y con el reloj retrasado unas cuantas horas, como siempre.
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