Por Marcial Morera.| Nada más inconstante en las lenguas naturales que el significante o aspecto material de las palabras, tan sometido siempre a los caprichos de los tiempos, los territorios y las bocas y las mentes de los hablantes, sin que el hecho afecte por lo general a su aspecto conceptual o espiritual, porque no pasan de ser otra cosa que manifestaciones en la realidad concreta del hablar, donde no hay más que diferencias. De ahí las llamativas familias de variantes de expresión (todas ellas perfectamente justificadas tanto desde el punto de vista lingüístico como desde el punto de vista cultural, pese a las opiniones en contra de los puristas) que encontramos sin excepción alguna en todas las lenguas del mundo. Es el caso, por ejemplo, de la voz vejeriego (derivado del topónimo Vejer (de la Frontera) y el sufijo de sentido gentilicio -ego) ‘perteneciente o relativo a Vejer de la Frontera’, de expresiones como uva vejeriega, vino vejeriego, etc., con que se designa en Canarias una variedad de uva blanca de grano grande y alargado, mala para comer, pero buena para hacer vino, que ha dejado una larga estela de variantes de expresión desde el momento en que arribó a las Islas procedente de Andalucía, probablemente en el siglo XVI o el XVII, a juzgar por el hecho de que se documente desde muy temprano en el territorio insular. Primero, en determinados puntos de Tenerife, El Hierro y La Gomera, se transformó vejeriego en vijeriego, por cierre de la vocal de la primera sílaba, por asimilación con la vocal débil de la tercera, que tira por ella, porque, como porta el acento, es la más fuerte de todas ellas. También se documentan en los mismos puntos las formas vejiriego, por cierre de la vocal de la segunda sílaba, en lugar de la de la primera, y vijiriego, por cierre de la vocal de una y otra sílaba, como en Cádiz, Granada y Málaga, donde, al parecer, es la única forma que tiene vigencia en la actualidad: vigiriega común, vigiriega de Motril y vigiriega negra llaman los andaluces a tres tipos de uvas “vigiriegas”, según señaló Simón de Roxas Clemente y Rubio desde el año 1807. Lo que quiere decir que, como en el caso de otros andalucismos, es en las Islas Canarias donde se conservan las variantes de expresión más antiguas del que nos ocupa. En segundo lugar, en Tenerife, La Gomera, El Hierro y Lanzarote, la variante vijeriego deviene vijariego (vijariego negro, Viñatico Vijariego, Grifo Vijariego…), por abertura de la vocal de la segunda sílaba, variante que, por lo menos en puntos de La Palma, se convirtió en vujariego, por cambio del timbre de la vocal de la primera sílaba, tal vez por cruce con alguna voz que de momento se nos esconde a los que nos ocupamos de los problemas etimológicos de los canarismos. En tercer lugar, la variante vijariego se convierte en muchos puntos del territorio insular (Gran Canaria, El Hierro, La Gomera…) en verija de Diego (“uvas de verija de Diego”, dicen en El Hierro), simplificado en verijadiego, por etimología popular (“interpretación espontánea que se da vulgarmente a una palabra relacionándola con otra de distinto origen, con cambio de significado o no”, como dice la Real Academia) con el nombre común verija ‘región de las partes pudendas’ y el antropónimo Diego, para motivar semánticamente la combinación, generando así una impúdica metáfora, que no afecta al referente, pero sí a la forma de ver el referente. Y, por último, esta etimología popular deviene, por una parte, en brijadiego (brijariego) (El Hierro, por ejemplo), por síncopa de la vocal de la primera sílaba, y, por otra, en diego (Bermejo Diego es un famoso vino conejero), por lexicalización del nombre propio de la expresión originaria, para simplificar la complejidad de una palabra tan cargada de redundancia formal. Y todo ello sin alterar lo más mínimo el referente de la voz, o con alteraciones mínimas, pues, al parecer, la variante vijariego blanco designa en algunos puntos de Canarias una casta de uva distinta de la que designa el vijariego originario. ¿Por qué dio el gentilicio vejeriego variantes de expresión tan heterogéneas en Canarias? Pues simplemente porque se trata de una palabra de una enorme complejidad formal, bastante extraña dentro de los patrones formales habituales de la lengua española, una complejidad que los canarios han intentado resolver con la ley del menor esfuerzo, que es quien rige los destinos de todas las lenguas naturales del mundo. Primero, dejándose llegar por las inexorables tendencias naturales de la evolución fonética del idioma (aféresis, apócopes, síncopas, prótesis, epéntesis, paragoge, diptongación de hiatos, consonantes antihiáticas, asimilaciones, disimilaciones, etc.), contra las que, si no hay freno normativo, sólo pueden luchar aquellos elementos que se encuentren perfectamente integrados en el sistema o que se atengan a sus principios. Y segundo, intentando motivarla semánticamente, relacionándola con voces conocidas, que es lo que son las llamadas etimologías populares, que es una forma de asignar familia a una voz que no la tiene. Como en el mundo de los seres vivos, también en el mundo de la lengua es la familia la que permite identificar de forma inequívoca a las palabras. Nada nuevo bajo el sol, pues, como ha dicho siempre la lingüística histórica, el motor de los cambios formales de las lenguas humanas son las leyes fonéticas más o menos inexorables que las caracterizan y las analogías más o menos caprichosas que perciben ocasionalmente sus hablantes entre sus palabras.
*Académico fundador de la Academia Canaria de la Lengua
