tribuna

César, Ortega y Fortunato

Veo la fotografía de una casa en la calle Serrano, de Madrid, donde aparece una placa recordando que en el inmueble vivió José Ortega y Gasset, y allí escribió La rebelión de las masas. Ni la ubicación ni el edificio sirven para identificar al filósofo, más allá de lo anecdótico. He paseado por muchos lugares de Madrid donde he visto carteles parecidos y eso no me ha provocado una euforia intelectual fuera de lo común; pero la gente, en lugar de sumergirse en la enjundia de los libros, prefiere que le recuerden el nombre de la portera que controlaba las entradas y salidas al domicilio del autor. También sale César Manrique en su casa de Tahiche. La casa de César es diferente, porque el artista creo un entorno estético donde nos describe cuáles eran sus preferencias en relación con el ambiente para desarrollar la vida en conjunción con la belleza de las cosas aparentemente triviales. Los cactus y las piedras, las burbujas y las plantas surgiendo del fondo, son más explícitas que un tintero y una pluma sobre una mesa evocando el trabajo de un escritor. Se me ocurre entonces que el pensamiento es algo etéreo que no es capaz de concentrarse en la disposición acertada de algunos objetos. César es más de al aire libre mientras Ortega tiene la obligación de ser profundo. Cómo se expresa esa profundidad recurriendo a elementos ajenos al territorio de la inteligencia; cómo se consigue focalizar una opinión combinando cosas vulgares para que la luz destaque su presencia acertadamente. Decididamente son cuestiones diferentes. Por eso lo inmaterial no puede exhibirse en un museo y una placa conmemorativa es insuficiente para resaltarlo. César aderezaba a la naturaleza para presentárnosla de otra manera; Ortega trajinaba con las ideas y con el pensamiento para descubrirnos el funcionamiento oculto de las cosas del mundo. De cualquier forma la foto del artista en su casa de Lanzarote es capaz de despertar un mayor proselitismo hacia su persona. Hay más gente que se detiene a ver los cactus que los que se paran a leer lo que dice la placa de la calle Serrano. En esta última observación se detecta una gran indiferencia. La rebelión de las masas, a pesar de ser una explicación acertada del mundo en que vivimos, no le interesa a nadie. Yo ando encerrado en mi casa sin pensar que alguna vez alguien podría convertirla en un museo. Los museos se fabrican en vida y cada uno se construye el suyo para tratar de que lo efímero se convierta en inmortal. Nos aislamos en el anónimo y la única oportunidad de salvarnos es dejar a un lado la ambición. La gloria es algo relativo. Recuerdo la historia de Fortunato. Fortunato era un santo común que compartía su santoral con otros mártires ejecutados el mismo día, en los principios del cristianismo. Estaba en los fondos del Vaticano hasta que fue regalado a los marqueses de Villanueva del Prado, y pasó a vivir en el palacio de La Laguna, en la plaza del Adelantado. A la familia se le ocurrió trasladarlo a la iglesia de san Agustín y allí pereció bajo las llamas en el incendio de 1964. Ese día acabó la existencia, desaparecida de la memoria de la gente, sin una mala placa, ni un museo ni una reseña para recordarlo. A Ortega le pasa algo parecido, con el recuerdo de un triste letrero en la calle Serrano. A César lo van a ver los turistas rodeado de cactus y de piedras pintadas de blanco. La vida es así. Digo esto con el debido respeto, porque César era amigo mío, a Ortega no lo conocí, a pesar de haber leído todo lo que escribió, y a los restos de Fortunato los veía en un catafalco, en un lateral de la iglesia, cuando me iba a confesar con el padre Conde. Lo digo porque lo podía leer con mis ojos: “Hic est corpus sancti Fortunato mártir”. Ahora es ceniza que no se sabe dónde está, como casi todo lo que se muere.

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