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Cagalitroso

En mi papel de viejo cagalitroso, me detuve el otro día ante la valla verde protectora del hoyo de una obra. El viejo cagalitroso, ocioso y jubileta abre un agujero en la tela verde para regoler el fondo mojado del solar, observar la solidez de la rampa construida para que bajen y suban las máquinas excavadoras y controlar a los obreros, que generalmente están parados y fumándose un Kruger. Era un pedazo de obra, de las que ya no hay, en una zona céntrica de Santa Cruz, a donde me vi obligado a acudir por motivos de salud. Estuve un rato, en mi papel de jubileta en funciones, contemplando las obras y me imaginé el proyecto final, que es de viviendas, y que deben ser caras, a juzgar por la zona en que están siendo construidas. Metí el ojo en el agujero que abrí, o que estaba abierto en la valla, que no recuerdo, porque no hay nada más goloso para un viejo cagalitroso que ver el desarrollo de una obra de arquitectura, desde la atalaya maravillosa del agujero en la tela verde de la valla protectora del solar. Permanecí más de media hora observando el desarrollo de los trabajos y el movimiento de las máquinas, que siempre excavan hasta que aparece el agua del mar en el fondo. Cuando construyeron el edificio de Maya, en el sótano instalaron dos potentes motores que evacuaban de forma automática el agua marina que se filtraba en las profundidades del edificio. Ahora ahí hay un hotel de ciudad, que imagino habrá conservado el sistema de bombeo. Existen dos síntomas de la vejez que nunca fallan: el arrastre de pies (exclusivo del viejo planchón) y el agujero en la tela verde de las obras, actividad habitual de un perfecto viejo cagalitroso o carrucho, que las dos voces me valen. Yo me apunto a la segunda modalidad, porque todavía no plancho. Ni coso tampoco.

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