tribuna

Pausa

Por Javier Pérez Alcalde. | Malos tiempos para la lírica, cantaba Golpes Bajos a comienzos de los años noventa. Casi una década más tarde, azuzado por la presión ingobernable del turismo masivo, ardía el debate de la moratoria turística. Era momento de parar, decíamos, defenderse de las inercias del crecimiento abogando por una reflexión que mejorara la calidad y redujera la cantidad de lo construido. Éramos más jóvenes, pero ese entusiasmo no envolvía el espejismo del desarrollo sostenible, que ya se veía borroso, desdibujándose para confusión de los esperanzados y los crédulos.

Veinticinco años después resulta más nítido el panorama, enfocado por la urgencia de una sociedad que transita a toda pastilla. En una tierra bendecida por su clima y un escenario paisajístico excepcional, es tal la concentración de desatinos que uno ya no sabe si estamos ante un problema de impaciencia, una cuestión de torpeza o un ejercicio de pura incuria contribuyendo a animar el espíritu del momento. Sea como sea, si prestamos un poco de atención no tardaremos en percibir el rastro chapucero de la inmediatez: a pesar de la abrumadora burocracia, de la lentitud exasperante de los procedimientos, las intervenciones urbanas, los edificios públicos, los lugares destinados a la convivencia, proliferan como setas olvidando a menudo su inexcusable carácter social y despreciando las oportunidades, que siguen desfilando regularmente ante nuestra desidia o estupor. A estas alturas, en fin, ya tendríamos que saber que las sociedades avanzan de la mano de un buen urbanismo y una arquitectura solvente: no deberíamos tener que insistir en el valor pedagógico de lo que está bien hecho.

Son los rudimentos esenciales los que, con frecuencia, tendemos a olvidar. Por lo que respecta a la tan elemental como prevalente cuestión climática o cultural, el espíritu local ha sido barrido por los vientos de la dudosa globalización. Todo se parece a todo, escasea la respuesta reflexiva y madurada: esa que surge, como debiera ser siempre, de las específicas condiciones de los emplazamientos, de los materiales disponibles, los perfiles sociales y culturales o, aún antes, del régimen de vientos o el eterno ciclo del recorrido solar. Lastrados por un debate convertido en guerra ideológica, ya no se atiende a los rigores del clima, cuyas exigencias son parte de una batalla de posiciones antes que una certeza científica. Y el resultado de nuestras ciudades, de nuestros barrios y edificaciones no puede eludir esta circunstancia, ni pasar de puntillas y a toda velocidad.

Y así, si tenemos interés de dejar de mirarnos el ombligo y observar pausadamente las particularidades de esta isla-ciudad, nos topamos con un amplio surtido de torpes ejemplos, simple inacción o burdas decisiones que, como mínimo, comprometen el soporte de las generaciones futuras. Y en estas islas, en algún momento llamadas Afortunadas, abundan los desafortunados ejemplos. Santa Cruz, curiosamente, le ofrece la espalda a los principales valores con los que cuenta: nuestro litoral -adornado con el espléndido marco de las montañas de Anaga- se encuentra colonizado por un monocultivo industrial, regido con mano de hierro por la Autoridad Portuaria. Despreciada su versatilidad de usos, deviene en un largo frente marítimo en el que escasean los accesos al mar; el barranco de Santos, un accidente geográfico de singular potencial, desconectado de la ciudad y desaprovechado como si fuera algo que ocultar. Guiados por un bucle interminable de errores de catálogo, sometidos a la espinosa relación entre las diferentes Corporaciones, se expone graciosamente el ribete folclórico pero no se atiende al nicho de singularidad que nos define.

Ahora, con el mercadillo que se pretende desplazar, tenemos una oportunidad para convocar un concurso de ideas que dé con una propuesta para dinamizar el pequeño comercio y, de paso, mejorar un espacio urbano renqueante. O consumar con solvencia la reforma de Las Teresitas, tantos años postergada tras un concurso fallido y una cosmética participación ciudadana: con esos burdos kioscos, posados deprisa y corriendo, sin carácter ni arraigo ni la más mínima reflexión. O atacar con valentía y transparencia el carril bici-patín, tan necesario, que se asoma sin un proyecto decidido, carente de consenso o elemental información. O qué decir, en fin, del misterioso caso de las paradas de guaguas, diseminadas por la isla como un batiburrillo disperso sin unidad ni intención, olvidando por sistema el singular valor de los elementos urbanos, la pequeña arquitectura como referente de identidad cultural (el caso paradigmático de los baños públicos de Tokio, recientemente populares tras la estupenda película Perfect Days). Desarrollar, en suma, el llamado microurbanismo, operaciones fragmentarias, ágiles y de bajo coste, auténtico laboratorio urbano que tantos ejemplos brillantes muestra, por ejemplo, el modelo de Barcelona en los últimos años… Y mientras tanto, la solución a largo plazo de la movilidad en una isla abarrotada perdida en el limbo de un debate partidista de esterilidad agotadora.

Malos tiempos, sí, mas no por ello definitivos ni irresolubles. Las intervenciones urbanas -parece de mentira que tengan que subrayarse las verdades del barqueropertenecen a su tiempo tanto como a su lugar. Por eso las ciudades están obligadas a defender su esencia. Pausa y sentimiento. El objetivo, más acá de la forma, radica en la búsqueda de la emoción, en la experiencia compartida de los espacios comunes. Y eso no va asociado con el lujo o la magnitud de la inversión. Pausa y reflexión. Se trata de, con prisa pero con pausa, defender actuaciones ancladas en ideas de identidad, permanencia y solidez. La clave está más a mano de lo que podríamos suponer. Convendría, eso sí, reducir la temperatura para favorecer un necesario clima de reflexión: en los tramos vertiginosos se impone la pausa.

* Arquitecto

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