Veo un diálogo entre Juan Manuel Serrat y Jordi Soler que me envía Juan Cruz. Hablan del exilio catalán y de las canciones difundidas por la piratería, como si todo estuviera revestido de una clandestinidad para hacerlo más reivindicativo. Soler equipara al catalán con el nahuati y esto no obedece a una realidad literaria, sino a una cuestión política más propia del revisionismo histórico. Méjico, a mis 20 años, era un desiderátum cultural porque los libros que no podía leer los conseguía de manera clandestina editados en aquel país. Veía las películas del Indio Fernández y de Buñuel en el cine fórum que organizaba el SEU. Seguro que a través del sindicato universitario se nos intentaba informar de otra manera. Por eso vi a Iván el terrible, La conjura de los boyardos y El acorazado Potemkin en las sesiones de los domingos por la mañana, en el Parque Victoria. Entonces, el TEU representaba a Arthur Miller, a Tenesee Williams, a John Osborne y a William Saroyan, y nosotros lo hacíamos con Escuadra hacia la muerte, de Alfonso Sastre, Esperando a Godot, de Samuel Becket, o Las sillas de Ionesco. No era piratería, era asomarnos a la rendija de un aperturismo que estábamos fabricando nosotros mismos. Serrat estaba en Barcelona, haciendo sus pinitos con El setze jutges, cuando llegué a esa ciudad, pero después dejó de cantar en catalán y se incorporó a la fórmula de los no piratas. Yo se lo agradezco porque de esa manera fue universalmente conocida la mejor canción que se hacía desde España. Nosotros, tan confundidos como siempre, creíamos que la protesta estaba en Bob Dylan, en Joan Baez, en Tom Paxton, en Pete Seeguer y otras reliquias que emulaban los cantos de trincheras de la Guerra Civil. A principios de los sesenta se estaba incubando una juventud que luego protagonizó el gran tirón de la Transición. Una generación que se ha quedado fuera de juego y sin memoria. No le voy a conceder ningún mérito heroico porque no lo tiene, sobre todo por haber sido borrada del mapa, pasando a formar parte de un doloroso tiempo al que hay que olvidar mientras ponemos en pie la historia de nuestros abuelos exiliados, cuando no asesinados por la intolerancia de los dos bandos. Yo pertenezco a esa España de los sesenta y Serrat también, cuando cantaba Cançó de matinada o La tieta. Yo daba recitales y me pedían Palabritas para Dios, de Yupanki, que la gente conocía por el Abuelo, y se estremecían cuando decía que Dios almorzaba en la mesa del patrón. A veces me suspendieron un recital. Uno en el Museo Canario de Las Palmas, junto a Carlos Oroza y Fernando García Ramos. Yo creo que fue porque los organizadores provocaron que fuera así. Así éramos más heroicos. Me gusta Serrat. Siempre me ha gustado lo bien hecho. Quizá porque no le ha hecho falta cargar con la mochila de la represión para ser alguien. No le hace falta. Tampoco que alguien reivindique al catalán en el exilio como si fuera una modalidad política añadida, y menos que lo compare con el nahuati, con todos los respetos por la lengua mexicana.
