Si hay algo que sienta especialmente incómodo en Carnavales es que alguien se acerque y te pregunte: oye, y tú, ¿de qué vas? Y es que, después de haber enloquecido durante semanas buscando entre los disfraces de otros años, combinando un poco de aquí con algo de allá, mezclando indios con vaqueros, haciendo cola en el chino para añadir algún complemento a la idea…, después de todo ese arduo trabajo, resulta que aparece el listo de turno y te mira de arriba a abajo y pone cara de no entender nada para, a continuación, con la mayor indiferencia del mundo, preguntarte: pero, muchacha, ¿tú de qué vas?
En ese momento todo se detiene y no oyes ni la música. Porque tú te miraste al espejo y lo viste claro y pensaste, este año, sí. Este año la bruja me ha quedado estupenda y no me llevo ni la escoba. Eso pensaste. Sin embargo, está claro que cada cual ve lo que quiere. Así que, tu gozo en un pozo porque de nada ha servido la imaginación y el tiempo invertido en ser cabaretera, superwoman, pirata, señora con gato o cualquier otro personaje porque resulta que, de cara a la galería, sigues siendo la misma de siempre, y eso, a pesar de la peluca y el maquillaje, de las plumas y el marabú. ¡Qué desilusión! Tú que querías ser otra, convertirte por un rato en algo o en alguien que normalmente no eres, porque no está nada mal desear, como desean los niños, emocionarse con hacer posible lo imposible, aunque sea de forma momentánea, aunque no sea real porque siempre está el listo de turno que te descubre y porque, cuando, tras una noche de mogollón y de fiesta, llega el día y la luz, todo vuelve a la normalidad y la ciudad pierde la magia y ya no hay fantasía sino la realidad y el cansancio de lo cotidiano.
Pero tú insistes, aunque seas incapaz de organizarte con tiempo para hacerte el disfraz en el que has estado pensando estos meses, ese que anhelas y que viste el año pasado tan bien hecho, tan bonito, con su goma eva fluorescente y su cancán para la falda. Da igual, porque lo importante es perseverar y en eso tú eres cabezota, sabes muy bien lo que quieres y la realidad es que no importa el disfraz que elijas, sino lo que persigues, lo que deseas ser, lo que está en ti y te define, por eso siempre te descubren porque no hay mascarita que te oculte, muchacha.
Y entonces acaba el Carnaval y todo se queda mudo, desierto, como si hubiera pasado una tormenta de alegría y se hubiera esfumado de repente. Desaparecen las brillantinas y las fantasías imposibles, la gama de colores decae y el alrededor se vuelve más gris. Qué pena que la gente haya guardado su disfraz, qué pena que ya no haya mascaritas, ni locuras o inventivas absurdas que recuerden el jolgorio de la fiesta. Eso piensas con tristeza hasta que miras alrededor y los ves. Algunos caminan por la calle, otros discuten de algún tema que siempre es importante. Los hay que hablan por el móvil constantemente como si la vida estuviera oculta en la pantalla, a veces, incluso, dan besos ficticios porque el disfraz ofrece múltiples posibilidades. Y ves que la gente vive disfrazada aunque el Carnaval ya haya terminado y con él las ficciones y las poses de mentira. A veces se les distingue a la legua porque, a pesar de la elegancia y la sonrisa, a pesar del gesto y el abrazo, el disfraz no les sienta bien y te das cuenta de que hay algo que no termina de encajar y te esfuerzas en averiguar qué puede ser eso que desentona, eso que no se ajusta al resto del traje, la pieza del puzle que no casa, porque lo ves tan claro que piensas, vaya mierda de disfraz que no sirve, que no brilla porque dentro no hay nada, dentro es lo de siempre, la doblez de que lo blanco siempre es negro, o a la inversa, pero no importa, porque tú eres carnavalera, muchacha, mira que te gusta una fiesta, y es que cuando empiezas, no paras y vacilas como si el mundo acabara en ese instante. No hay disfraz que te engañe, amiga, por eso respondes al saludo y te detienes y sonríes, puede que incluso te eches una pieza y le ajustes la peluca, pero no te irás sin decirlo porque eres una mujer cabezota, por eso te darás la vuelta y le dirás, si es que no me engañas. Te conozco, mascarita.

