Cuando la sociedad levanta muros y se divide ideológicamente es difícil llamar a la responsabilidad política y aunar esfuerzos para alcanzar el bien común. Sobre todo cuando ese bien no es tan común y está salpicado de intereses y simpatías que priorizan otras necesidades frente a las urgencias de primer orden. Se habla de la posición de Europa ante la amenaza de Rusia y EEUU y su plan para acabar con el conflicto de Ucrania, específicamente de las dificultades en España para poner de acuerdo a los grupos que sustentan al Gobierno. Al final, a Sánchez no le va a quedar otra que pactar con la fachosfera, y esto supone debilitar la tesis de propiciar su aislamiento lo más posible. José María Lasalle, que fue secretario de Estado en la época de Rajoy, habla de la unión de los que defienden el modelo de democracia liberal aunque no se refiere a una gran coalición, debido a que una visión realista de las circunstancias actuales la hacen ver como imposible. Esta necesidad de colaboración tiene obligatoriamente que bajar la tensión y evitar que la solución sea sólo un parche momentáneo, procurando que se convierta en un acuerdo duradero.
No valen las llamadas a la sensatez ni a la responsabilidad política. Estos acercamientos deben traducirse en hechos que tiendan a la demolición de los muros que se han levantado para propiciar el desentendimiento. Algunos analistas afirman que España se debate entre su pertenencia a Europa y su papel de influencia en Hispanoamérica, y yo quiero entender que esto inclina la balanza hacia una tendencia ideológica, una tendencia de simpatía hacia países de escaso compromiso democrático. O quizá no, y ese modelo sea el que mejor se adapta a los objetivos de la actual coalición gubernamental. Desde el respeto a la diversidad de opciones y partidos, sería conveniente valorar el empeño por mantener unas prioridades que hoy se encuentran en inferioridad de condiciones para ser defendidas. A nadie se le escapa que la tendencia en el viejo continente es debilitar su compromiso con las agendas que han empezado a decaer después de las últimas consultas electorales. Ahora lo prioritario es garantizar la defensa de esos valores con algo más que gestos de buenismo y pacifismo no beligerante. Si no podemos garantizar nuestra integridad territorial, no conseguiremos desarrollar esas políticas que tanto nos enamoran. Por tanto, lo prioritario se transforma en indiscutible porque, sin lo primero, nunca podremos alcanzar lo segundo. Pero las ideologías son ciegas y los ciudadanos que las apoyan también. Por eso, Putin se debe a las exigencias de grupos nacionalistas fortalecidos en su país, y Donald Trump a las promesas que le hizo a los más de 70 millones de norteamericanos que lo votaron. En España, los ciudadanos no fueron a las urnas para decidirse por extremismos. La gran mayoría votó por el PSOE y por el PP, entendiendo que ofrecían opciones moderadas para el desarrollo del país y para su posición en la escena internacional. La composición del Gobierno resultó de aplicar pactos que se habían negado durante la campaña. Ahora estamos en la necesidad de comprobar cuál es la voluntad mayoritaria de la población. Indudablemente, está por la mesura y por la garantía de salvar el sistema democrático que impera en Europa. Todo lo que se haga en contra de esta primera necesidad es una traición a lo que el pueblo decidió en las urnas.

