tribuna

ARCO

El arte no es una pancarta ideológica porque entonces deja de ser universal. El arte no es un cartel ni un compromiso. Ya dijo Gabriel García Márquez que su única vinculación con la escritura era la de hacerlo bien, y dejaba al lado sus convicciones ideológicas, conocidas por todos. La premio Nobel de Literatura Nadine Gordimer dejó claro este aspecto en su discurso en Estocolmo, en 1991, y eso que estaba influenciada, por su condición de ciudadana sudafricana y de izquierdas, a manifestar su posicionamiento frente al apartheid. Dos años después le concedieron el de la Paz a Nelson Mandela. El mundo de la creación artística se ha debatido siempre entre la libertad y el compromiso político diferenciando ambas cosas, a pesar de que algunos creadores relacionen a la libertad con el desiderátum de su ideología, negando a los demás ese derecho. En este aspecto es interesante recordar la controversia entre Albert Camus y Jean Paul Sartre, donde el premio Nobel, nacido en Argelia, llevaba las de ganar, según mi criterio y el de algunos otros creadores no fanatizados. Asistimos hoy a un crecimiento de las divisiones políticas que se refleja en el arte, a pesar de que éste, en su esencia más pura, pretenda desligarse de estas influencias. Hemos visto la criba de determinados escritores que no son del agrado del poder político, como si estuviéramos en los tiempos de la Unión Soviética. Vladimir Nabokov hace referencia a este hecho en su importante libro sobre la novela rusa. A pesar de ello, y sin negar el sentido crítico que pueda tener la literatura y el arte en general, se sigue insistiendo en la cancelación de aquellos artistas que no muestren su adhesión inquebrantable, como ocurre en todas las dictaduras, de izquierdas o de derechas. Es una persecución silenciosa que viene apareada a una exaltación de lo panfletario. Esta opinión la he mantenido en más de una ocasión al tratar de defender el carácter independiente del arte. Por eso considero que no es saludable aprovechar una exposición de las expresiones de la vanguardia para hacer una exaltación de una convicción ideológica, porque entonces el arte se convertirá en la muestra de lo temporal y lo local en lugar de ser una sublimación de lo más alto de la condición humana, como decía Kant. Hay quien piensa que el arte debe ser un reflejo de lo que ocurre en la calle, pero aparte de esto debe contener una guía para que la calle ofrezca un aspecto diferente, alejado de la vulgaridad que representa. El arte lleva implícita una enseñanza de uso que no puede ser la denuncia ni el espejo de lo que ocurre en la realidad social, y menos en una facción localizada de ella. Por esto, y por otras razones que harían demasiado extensa esta opinión, considero que lo que hoy se expone en ARCO y que tanto llama la atención de los espectadores, como un signo de rebeldía, constituye una utilización panfletaria de la creación artística.