después del paréntesis

Los niños

Se puede señalar el delirio siempre que el delirio se interprete justamente. Y eso le ocurre a una madre que aún no puede apartar de su alma el tormento por lo que le ocurrió: que el que fuera su marido, dado que ella había hecho concluir la relación, matara a sus hijos de seis y de dos años por venganza. Eso, que la justicia en principio no atinaba a concebir, dado el espanto, finalmente se probó y fue, y José Bretón cumple cuarenta años de cárcel por ser ese pavoroso asesino; por eso que, en principio, no consideró un horror, sino un simple ajuste en su existencia. No podía permitir, dijo, que la familia de su expareja cuidara a sus hijos. Hubo acuerdo entre la mujer y él, no por lo que la mujer era y por lo que concibieron, sólo por lo que él es y en siendo único regala al mundo; sin interferencias, sin diferencias. Un espanto. No es raro, pues, que su mujer, Ruth Ortiz, cerrara la relación, dado quien era. Ocurrió, para su desgracia, para la desgracia de sus hijos que desaparecieron de este mundo, lo que en realidad ese adefesio, ese dislate, ese despropósito es y se manifestó impúdicamente como es. Así es que, como ocurrió con la novela de Truman Capote A sangre fría, en la que, para construirla, el escritor echó mano de los testimonios directos de los asesinos de la familia Clutter, Richard Eugene “Dick” Hickock y Perry Edward Smith, el periodista Luisgé Martín ha reconstruido el caso en un libro, El odio. Y así ha obrado porque el tal padre, José Bretón, ahora no oculta, como antaño, lo que sucedió y acepta y está dispuesto a hablar sobre lo que sucedió. ¿Qué queda al respecto? La actitud de la madre ante semejante constatación. No puede darse a entender semejante falacia, según ella, por el honor y la fidelidad de sus hijos. La actitud del juez de Barcelona, ante el que intercedió para la prohibición del libro, es diáfana: la libertad de expresión, como ocurre con el dicho A sangre fría. Estoy de acuerdo con ello, por más que a la madre le duela lo que ocurre, pese a que el texto jamás forme parte de su biblioteca. Ese libro no sólo debe ser, sino que es. El horror, la depravación, la prepotencia y la alucinación malvada han de tener palabras adecuadas para reconocer. Y reconocerlo ahí, en la letra que someta el tormento para toda la eternidad. Eso, por desgracia, somos. Con el recuerdo manifiesto se ha de condenar y condenar indefinidamente a los mezquinos y dementes.