Me acabo de enterar del fallecimiento de Luis Alemany. Hace tiempo que no lo veía. En 1967, fundamos el grupo Mirandista, que a él le gustaba tanto poner en su currículum. Era una de las personas de mayor talento de su generación y yo disfrutaba de su conversación cuando me lo tropezaba. En aquellos primeros años nos veíamos con mucha frecuencia, con Emilio Sánchez Ortiz y otros amigos. Casi todos asistentes a la tertulia del Nuestro Arte, en el Sotomayor, y después con Antonio Vizcaya, en el Callao. Más tarde tuvo su despacho en el Mencey, que interrumpió debido a la reforma del hotel. Fue premio Canarias de Literatura. En su novela Los puercos de Circe relató una vida disparatada del ambiente cultural de Santa Cruz equiparándola a una de las etapas de Odiseo en el libro de Homero. Luis era auténtico y se echó la vida al hombro como hacen todos los inconformistas que acaban conformándose con su destino. Nunca hubo sorpresas ni dobleces con él porque siempre agarró la existencia por los perendengues, sin soltarla, que es como hacen los toreros que no dejan de plantarle cara al animal que se les pone delante. Era un poco más joven que yo, pero no tanto. Al final, hablábamos de las mismas cosas y eso siempre acaba enrasándonos. De Jarry y la Patafísica y de La turné de Dios, de Jardiel Poncela. Hay una edición magnífica hecha por él. Todo tenía que ver con nuestro movimiento mirandista, inspirado en la Ortografía práctica, de don Luis Miranda Podadera. Sobre esto escribió un relato corto titulado El testamento ológrafo de Gulo Ruso. Entre palíndromos haciamos cadavers esquis y practicabamos las reglas para la b y la v, con las letanias correspondientes: tri tur nu su cu ca ver si a re ur tu ri to ra ti tre gu lo ru so la car ta rosa te tra ce. Se ha ido un miércoles de ceniza, aprovechando el coche del entierro de la sardina. Espero que esta ciudad sepa agradecerle que vivió aquí.
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