Zelenski le ha transmitido a su equipo de Gobierno que hay que evitar caldear más el ambiente: “Hay que dejar las emociones a un lado y reconducir la situación con la cabeza fría”. Todos quieren la paz en Ucrania, en Europa y en el mundo, pero para ello hay que huir de la sensación de victimismo que intenta dividirnos.
Ya sé que para los medios informativos es lo más importante, aunque luego los mandatarios quieran poner el acento en lo que realmente les interesa. Para la prensa norteamericana Zelenski se comportó de manera insolente y para la europea fue Trump el que se pasó veinte pueblos. Pongamos que en el término medio está la virtud y que ambos se desviaron del objetivo fundamental, lograr un acuerdo que posibilite el alto el fuego.
Trump mensajeó después de la reunión que esperaba volver a recibirlo para hablar de la paz, y Zelenski ha dicho que quiere reconducir la situación para tratar de lo estrictamente necesario. Todo el ruido que se produzca fuera de estas premisas no hará otra cosa que entorpecer la negociación y llevarla al fracaso.
Los españoles deberíamos recordar un hecho histórico que nos condujo al desastre total. El almirante Villaamil, en un viaje de circunvalación del buque escuela Nautilus, visito los astilleros de los señores Crump, en Filadelfia, advirtiendo del inmenso poder de la flota estadounidense. La fiereza española, desatada desde Madrid, puso en marcha una disparatada operación de patriotismo, donde tanto fusionistas como conservadores se pusieron de acuerdo para enfervorecer a las masas. La prensa arengaba y se organizaron festivales con el fin de recaudar fondos para la guerra. Se compraron barcos de recreo para ser artillados, se gastó la intemerata y, tanto en Madrid como en La Habana, se vivía un momento de falsa euforia, como reacción a la campaña del señor Hearst, influyendo sobre el presidente MacKinley, que ofrecía 50.000 dólares por las cabezas de los responsables del atentado del Maine, al más puro estilo de una película del oeste. El resultado es que nuestra flota fue hundida a la salida de la bahía de Daikiri sin que ninguno de nuestros proyectiles le produjera un arañazo a los barcos enemigos.
La reacción española fue miserable. Al retorno de los marinos supervivientes, el pueblo los recibió con una sonora pita en el puerto de Santander. Entonces nos quedamos satisfechos por haberle enseñado los dientes al gigante, pero empezó un declive que nos llevó a la ruina definitiva. Por eso al nutrido grupo de escritores que narran la depresión sufrida se le llama la generación del 98. En ese momento no teníamos la cabeza fría, como suele ocurrir cuando se sufren los periodos de decadencia. Ahora tampoco la tenemos, y bullen los sentimientos de odio, de agravios y de venganza cuando la prudencia exige contar hasta diez antes de tomar una decisión.
