opinión

Soy un negado para el chiste

Como saben, me he pegado unas cuantas décadas encaramado a los escenarios de toda Canarias tratando de hacer sonreír al respetable. Primero en ciclos culturales organizados por el Centro de la Cultura Popular Canaria, merecido Premio Canarias 2025 (aunque César Rodríguez nunca me nombra), allá por el año 1979 y siguientes; y luego, en infinidad de fiestas patronales por todos los municipios de las islas. Sirvan estas primeras líneas como preámbulo para dibujar de remplón un apretado resumen, como diría Lucas Fernández, el editor de este periódico, para ponerles en situación sobre el tema de hoy.

Pues bien, en aquellos años, más que ahora, me paraban con frecuencia por la calle para contarme chistes de forma compulsiva una y otra vez, para que ampliara mi repertorio chistoso con diversa temática, y llegara así al estrellato cuanto antes. No obstante, debo decir que siempre he sido un negado para el chiste y para la física cuántica. De la misma manera que Cervantes pregona en El Quijote sus limitaciones poéticas, el chiste es algo que está muy lejos de mis modestas habilidades para ejercer el humor como oficio. Sin embargo, estos asaltos callejeros tienen para mí su parte positiva. Me han servido, qué duda cabe, para montarme mi propio mindfulness, adiestrarme en la paciencia que todo lo alcanza y a manejar como nadie el regate en corto.

Dicho esto, siempre me ha parecido que la actitud de esta minoría contadora de chistes a toda hora y en todo lugar, era una anomalía imposible de definir. Uno tiene que callarse y sonreír en esas circunstancias porque, si no, te destierran al Ponto. Y ahora resulta que, según algunos neurólogos, existe la llamada enfermedad del chiste o síndrome de Witzelsucht. Y no como recurso para provocar hilaridad, ni relacionado con el inconsciente como lo estudió Sigmund Freud, sino como síntoma de una patología descrita que tiene remedio; que puede ser atenuada con antidepresivos y otras terapias recomendadas por los especialistas.

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