Una frase de hace algún tiempo, de un sacerdote fidedigno, reposaba en un rincón de mi escritorio: “Hacer una guerra justa es un acto de amor cristiano al prójimo. Hay que castigar el mal y premiar el bien. Ha llegado la hora de la violencia”. He aquí un discurso que representa mucho más de lo que afirma. Nos desnuda ante una verdad que abruma. Pues encontramos, en primer lugar, contradicciones categóricas: en cristiano hacer la guerra se justifica no por el bien sino por el mal, eso que hay que matar. Por lo cual, no queda claro qué significa el amor cristiano al prójimo, todos hijos de Dios. Siglo XXI, o lo que es lo mismo tal cosa nos remite a periodos decisivos de la historia de Occidente y a sofisticados códigos teológicos, como los que defendieron el dominico padre Francisco de Vitoria o Juan Ginés de Sepúlveda, de tan mal traer para el padre Las Casas y la famosa controversia del año 1550: ahí (por primera vez, conquista española de América) guerra justa contra los salvajes. Semejante credo habría de ser vigilado y hasta puesto en manos de la justicia si como tal saliera de las puertas de una iglesia o si se escucha entre nosotros porque la guerra que propugna el que pronuncia semejante improperio se asume como productiva para ellos. Es una guerra fundamentalista, como la mahometana. Aquí de “cristianos” que, por ser tales, se instituyen en salvaguarda frente a los diferentes. Cabe, entonces, una nueva espina clavada en el pecho del monstruo que nos persigue: mundo dividido en dos: los que cumplen (salvados) contra los rebeldes (condenados). O lo que es lo mismo, Amaterasu Omikami no es Dios, Kukulkán no es Dios, Mahoma no es el profeta, tampoco Achamán es Dios, ni Yavé. Y eso no es que confunda la historia, eso devuelve las posiciones en pro de los elegidos. Falta señalar con un círculo en la frente a los que no lo son, como hicieron los nazis con los judíos. Y en ese punto se asienta la religión radical, ésa a la que cada vez se le hace menos caso, por despersonalizada, integrista y caótica. Porque el mundo, pese a todo, no consigna como valores supremos a las desproporciones. Así es que, en vigor y conforme el signo alarmante, todo está preparado y conforme para que, en nombre del Dios único, se sustancie la dicha violencia. La hora de la intervención, del sometimiento y de la igualación ha llegado. La trama sediciosa de los ofendidos por causa de subversiones que no lo son o de pecados que tampoco existieron hace sonar los truenos de la aniquilación. Todo estuvo preparado para la lapidación de una parte precisa de los seres humanos. Es la misma lapidación que los sacerdotes presentaron ante Cristo y él, escribiendo con el dedo en la tierra, les dijo: “El que de vosotros esté sin pecado, arrójele la piedra el primero”.
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