tribuna

Cervantes y yo

No siempre funcionan las cosas a nuestro gusto. A don Quijote le sale todo mal mientras cree que está actuando del modo más ajustado posible. Eso sucede con nuestras vidas particulares. Cuando nuestras responsabilidades trascienden de lo individual, el asunto es diferente. Entonces, nuestros errores no son sólo nuestros, sino que implican a un número importante de personas. Que don Quijote se peleara con unos molinos de viento que le parecían gigantes sólo sirve para demostrar el fracaso del esfuerzo inútil y para arrancar una carcajada al lector sensato. A veces, tengo la sensación de que el caballero andante se ha vuelto real y me lo tropiezo en cada esquina. O quizá sea Cervantes y la sombra de su Retablo de las Maravillas lo que me hace verlo así. Un rebaño de ovejas se convierte en un ejército y una basta campesina en una princesa, con la misma facilidad con la que una Universidad se transforma en un chiringuito o la presunción de inocencia deja de ser la garantía de nuestro sistema judicial. Pero existe una concordancia en lo que nos sucede con la magia de la novela, y es el bálsamo de Fierabrás. Este ungüento maravilloso hace sanar las heridas y don Quijote se muestra recompuesto y sano al día siguiente de sufrir el mayor de los descalabros. Lo mismo le ocurre al que miente o incurre en errores de bulto, pues un arropamiento inmediato hace que se olvide la falta y todo se arroje a la papelera sin que sea reparado. Cervantes no era tan perverso como para castigarnos con el espectáculo de la estulticia eternamente. Al final del libro, el loco recupera el juicio y abandona, en el lecho de muerte, su manía por desfacer entuertos. Esa es la esperanza del rescate, que todo vuelva a ser como antes, y el viento mueva las aspas de los molinos sin más, y el Roto se ponga la camisa y baje de las cumbres de su disparate, y Aldonza sea la moza fuerte que es, y Sancho y su mujer admitan que no pueden ser gobernadores de ninguna ínsula, ni siquiera pueden hacerse cargo de un obispado. Leyendo a Cervantes, me rio del mundo en lugar de lamentarme por los desmanes. Ojalá encontrara un chiringuito, aunque sea privado, donde me enseñaran a divertirme con estas cosas.