tribuna

Después del final

Este es el séptimo papa que veo morir. Cuando le tocó a Pío XII, yo había cumplido 16 años y estaba haciendo el preuniversitario. La prensa no tenía tanto poder de penetración, pero creo recordar que en la radio se hacían quinielas sobre quién iba a ser su sucesor. Estas cosas las generan los cónclaves que, como están dirigidos por el Espíritu Santo, nos llenan de incertidumbre sobre las cosas que suponemos ciertas. Esta costumbre no ha cambiado y los periodistas siguen haciendo listas de papables en esa manía que tienen de hacer una porra en torno a todo lo que ocurre en el mundo; sobre todo en torno a lo que no saben. Sin embargo, hay una novedad ante la muerte de este papa y es la discusión sobre a quién pertenecía ideológicamente. Por eso, los tertulianos de las televisiones arriman el ascua a su sardina y aseguran que el papa era de los suyos en función de sus ideologías. También los políticos lo hacen. Quizá Bolaños, que fue el que más lo visitó, es el que más alardea de su cercanía.

Cuando se trata de papas, lo mejor es recurrir a los hechos evangélicos y comprobar cómo los soldados romanos se jugaron a los dados la propiedad de las prendas, las insignias y los símbolos que dejaba el ajusticiado. Siempre ha sido igual, y los hombres se apropian de los despojos inservibles de los que se fueron olvidándose de su espíritu, que es la herencia más importante que nos pueden dejar. Francisco se ha marchado legándonos el mensaje de la unidad, pero inmediatamente las facciones sectarias han empezado a pelear por ponerse su túnica. Afortunadamente, esto no es verdad, sino que obedece a la oportunidad populista de rentabilizar su figura, cada uno como mejor pueda, incluyéndolo en el relato o en el argumentario.

La mayoría de los debates giran alrededor de este asunto. Alrededor de la cama del difunto se organiza la rebatiña y la discusión, como ante el lecho de Bubulina, en Zorba El Griego, o al de Gianni Schichi, que acaba por desheredarlos a todos. Quizá por esto Miguel Ángel pintó a Jesús en el Juicio Final de la Capilla Sixtina iracundo y tapándose los ojos para no contemplar tanta inmundicia. Nadie puede ocultar su condición de carroñero y se apostan junto al cadáver para arrancarle las vísceras. Siempre ha sido así. Para qué cambiar.

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