Ducharse o no ducharse. Puede que Hamlet se planteara también el asunto. Estamos ante una cuestión de fondo. Tal vez, incluso, ante una cuestión de Estado. Y, aunque no tengo datos precisos a pie de urna, las encuestas auguran una tendencia in crescendo hacia una alarmante sequía en los próximos años, a pesar de las recientes escorrentías que han colmado los barrancos de las islas. Parece que el personal busca cualquier excusa para huir del líquido elemento. Tal vez por miedo a dañar el microbioma de la epidermis. La ducha mañanera no existe en sus vidas, sino como un pálido y lejano recuerdo. Esto ocurre ahora, en la era de IA, justo cuando el gel de baño está más barato que nunca, con una cotización en bolsa irrelevante.
Este descuido en la higiene personal que les digo puede verse y olerse en los medios de transporte público. Tanto en el metro, en la guagua, como en el tranvía. En los utilitarios privados, no quiero ni pensar qué datos arrojarían los encuestados, si es que se atreven a contestar. Algunos autores antiguos afirmaban con mucho tino que el agua limpia por fuera y por dentro; o sea, que el agua libera de impurezas nuestro cuerpo físico, el que llevamos al gimnasio, y al mismo tiempo nos purifica el ánimo.
De seguir así la cosa, se cumplirá la vuelta a la animalidad que algunos antropólogos preconizan, porque será más fácil localizar a nuestros congéneres, a kilómetros de distancia con el olfato, que haciendo uso de la telefonía móvil que está por llegar. Y la culpa la tienen los estudios recientes de Harvard, siempre Harvard, que me tienen hablando solo por las calles sin asfaltar de La Graciosa. También los experimentos realizados, a pie de ducha, por estudiosos libres de toda sospecha como el doctor James Hamblin, partidario de la ducha fría y sin jabón, según afirma en su libro Clean: The New Science of Skin. Intuyo que el prestigioso investigador no se ha duchado en Jardina a las siete de la mañana y sin termo, porque seguro que cambiaría de opinión.
