Hay dos divorcios en paralelo. Trump es el hombre más solitario del mundo. Se divorcia del planeta, que su país decía liderar, con la declaración de una guerra comercial estúpida, y se dispone a separarse de Elon Musk. Se hace el harakiri y rompe el matrimonio. Como le han fabricado una tarjeta de oro con su rostro, quizá eso le haga feliz a solas. Es un hombre aislado, pero ni un canario, siendo tan isleño, lo comprendería.
Si la tercera guerra mundial era esto, resultó ser una guerra comercial. Putin se desdibuja y queda al fondo de la imagen. En primer plano, Trump y Xi Jinping ya se enzarzan en la batalla de 2025: un duelo entre las dos grandes potencias económicas, y Europa está en medio. Una guerra de misiaranceles.
Exhaustos de tanto amarse, Trump y Musk se separan. Dos no caben en el Despacho Oval. Al oligarca lo echan y las empresas se le hunden. Ha hecho un pésimo negocio disfrazándose de político. El republicano ya había dado una pista, cuando dijo que la palabra más “hermosa” del diccionario era arancel. O sea, se separa por amor a una palabra, es un caso de infidelidad y de lexicofilia, un romance. Que se rompa el matrimonio entre el hombre más poderoso de la Tierra y el más rico lo convierte en el divorcio del siglo.
Trump, esta semana, se pegó un tiro en el pie. Su bombástica descarga de aranceles a todo quisque (10%), a Europa (20%) y a China (54%) es “una imbecilidad” (The Economist) que provocará recesión, inflación y sufrimiento dentro y fuera de su país. Si quería una guerra civil en EE.UU., igual lo consigue más pronto que tarde, cuando los efectos de esta inmolación se palpen en las calles.
Ahora, el del tupé sabrá lo que vale un peine por querer dárselas. Ya arde Wall Street, cayeron las bolsas y cunde el pánico, que viene la recesión.
Han pasado muchas cosas gordas esta semana de marzo/abril. La guerra de Trump. Los cuatro años de cárcel y cinco de inhabilitación para Marine Le Pen, que la alejan del Elíseo. La noticia de que EE.UU. no abandona la OTAN. Y Putin alarga el fuego. Con lo que ahora tenemos tres guerras, la de Ucrania, la de Gaza y la guerra comercial del “mercachifle”, como lo llama Felipe González. Nos cayó la mundial.
El choque de egos era el primer factor de discordia entre estos dos megalómanos como dos megalodones. Cuando en España Felipe González y Alfonso Guerra -conmilitones desde la Universidad de Sevilla- eran la pareja perfecta, el número dos acabó dimitiendo. Guerra, el vicepresidente machadiano y viperino, ponía nombretes a los adversarios (a Suárez, el tahúr del Misisipi). Felipe era culto y contundente en los cara a cara. El primer debate González-Aznar de la campaña del 93, que moderó Campo Vidal, lo ganó el del PP porque el socialista apenas durmió a causa de una despresurización en el vuelo Las Palmas-Madrid la noche anterior.
Suárez no constituyó dúos ni tríos, aunque tenía fama de seductor y encantador de serpientes. Su jefa de Gabinete, Carmen Díez de Rivera (la musa de la Transición, la bautizó Umbral), le decía al rey “vaya parejita”, refiriéndose a Juan Carlos y a Suárez, sus dos grandes amigos. Y la pareja se rompió, como en todos los divorcios políticos.
Los dos yanquis, tan ultras y millonarios y echados pa’lante, no podían acabar bien. Presté atención a los signos de obsolescencia del tándem, y en el primer consejo de gobierno, cuando Musk tomó la palabra, Trump miraba el móvil azorado como si le importara un bledo lo que dijera. Quizá para quemarlo, le encasquetó el DOGE, la brigada de eficiencia, el desaguisado de los despidos masivos en la Administración y cargarse las agencias del Estado, como USAID, de ayuda al desarrollo, ¡qué desatino!
Las protestas contra él en las sedes de Tesla han hundido las ventas de sus coches eléctricos. Y el jueves, Trump confirmó el secreto a voces en esos canutazos mientras vuela: “Elon tendrá que irse”.
En el Gobierno nadie lo puede ver. Marco Rubio, el hombre fuerte del gabinete, se encaró con él delante de Trump. Eso mató al de SpaceX. Su osadía visitando el Pentágono, para enterarse de los planes de combate en caso de guerra con China, lo remató. Pero, hubo aun una gota que colmó el vaso, su fracaso al no lograr derrotar a la jueza progresista en las elecciones al Supremo de Wisconsin, este martes. Ese era su referéndum.
Cuando se vaya, quedarán las escenas, el brazo extendido con el saludo romano, el apoyo a los neonazis alemanes, el grotesco papá en el Despacho Oval con el niño a la pela y el abuelete detrás del escritorio como un presidente postizo, y la portada de Time con Musk sentado en ese despacho con una taza de café, que tanto habrá repateado al que ganó las elecciones. Parecían dos cómicos haciendo política viral, y no han resistido.
Entre Tip y Coll no había sintonía política ni personal, pero se pasaron toda la vida haciendo humor absurdo con gran éxito. Cuando terminaban la actuación, cada uno se iba por su lado.

