tribuna

Muere Francisco

Estuve en Roma en mayo de 2013, dos meses después de que el cónclave eligiera al papa Francisco. Ratzinger acababa de renunciar y parecía abrirse una puerta hacia la renovación. La Iglesia va lenta en estas cosas y le cuesta trabajo regresar al mensaje de Jesús, que siempre ha estado ahí. Hay todo un protocolo que lo asfixia, que lo enturbia con diplomacias y arbitrajes complicados de entender. Pero el mundo está hecho con esas reglas y el cristianismo ha perdurado, como una constante que impregna a las leyes y a la moral en esta parte del planeta. La religión, en este sentido, ha tenido una acción globalizadora que tiene que hacer equilibrios entre las diversas tensiones ideológicas, no siempre con acierto. A pesar de todo, y quizá gracias a ese amoldamiento, ha resistido como algo incontestable ante las presiones que la declaran como innecesaria. Hoy ha muerto este hombre que llegó de la Argentina para intentar reequilibrarnos desde el sur. En un principio, se presentó como minimalista, simbolizando la austeridad franciscana. Lo vi oficiando una misa en Palermo, en un altar sencillo, sobre una barca, con los remos y las redes de pesca anunciando un retorno a las faenas en el mar de Tiberiades después de que el Maestro diera su sermón en la Montaña. En aquellos días en Roma, visité muchas iglesias barrocas, en busca de Caravaggio y huyendo de los turistas que preferían emular a los gladiadores en el Coliseo. Francisco se estaba estrenando y en una visita al Pinccio recordé al cuerpo de Aldo Moro metido en la maleta de una Renault. Había dos hechos ante mí, el papa de la esperanza y la barbaridad de las Brigadas Rojas. De ese debate no hemos salido después de tantos años. Los progres le han dado la espalda porque la revolución con la que sueñan no se encuentra en los presupuestos del Vaticano, y los que quieren reproducir los tiempos del Padrino y de la Banca Ambrosiana lo consideran todavía un valladar moral, como aquel Juan Pablo I que murió a los pocos días de ser elegido. Roma da para muchas novelas de intriga, pero yo intenté con un libro de desamor que pretendía refugiarse en la lujuria del barroco. Pasé unos días entre Borromini y Bernini y no conseguí quitarme de la cabeza a aquel Bergoglio que se presentaba como una novedad y una oportunidad para reformar cosas. El mundo siempre se ha estado reformando, dando tumbos, intentando adaptarse a los cambios de la evolución. Este papa se ha ido después de pasar un tiempo en el hospital, casi coincidiendo con la fiesta de la Resurrección. Es un buen símbolo éste. Según san Pablo, la resurrección es la oportunidad de cambio. “Matemos al hombre viejo para que nazca el nuevo”. Siempre la vida nos ofrece la alternativa de quitarnos de encima lo que nos molesta y empezar otra vez ligeros de equipaje. Miro a Roma y al papa y veo abrirse un camino de esperanza. Es cuestión de fe y de confianza.

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